Comento con unos amigos mi tesis sobre la relación entre nuestra condición de mamíferos (es decir, alimentados por mamas, ese bien escaso que los hermanos se disputan sin piedad en cuanto vienen al mundo) y la prevalencia de la envidia, los celos, la competitividad y el afán de dominio que caracteriza al hombre. Escribí al respecto el otro día.
Pero, pensándolo bien, les digo a mis pacientes interlocutores, la «mamiferidad», debe estar detrás de muchas otras características de nuestra especie. Y no todas negativas, ni mucho menos.


Hace 200 millones de años, la aparición de los primeros mamíferos supuso la entrada en el juego de la vida en la tierra de especies capaces de generar su propio calor. A fin de mantener esa elevada temperatura, se veían obligados a comer diez veces más que las criaturas de sangre fría. Eso requería capacidad para moverse por el mundo, explorarlo en busca de alimento, protegerse de las amenazas inherentes a ese movimiento exploratorio, etc…Para ello, los cerebros de los mamíferos necesitaban un cortex, es decir, un módulo cerebral capaz de prever, aprender y adaptarse. Pero el desarrollo de este nuevo instrumento cerebral de supervivencia exigía una inmadurez de los recién nacidos, a fin dejar sitio en sus cerebros y sistemas motores para el aprendizaje. Ahora bien, esta inmadurez exponía a las crías de los mamíferos al riesgo de ser capturadas por depredadores, y además las hacía incapaces de alimentarse por sí mismas. El cableado neuronal de esas nuevas especias era por tanto una respuesta a esas limitaciones, de modo que todos los mamíferos estamos programados para defender ferozmente a nuestras crías.


Es muy posible que ese afán de cuidar, fanáticamente, a nuestra progenie sea el origen remoto de los comportamientos de los mamíferos que de algún modo se relacionan la idea de moralidad, justicia distributiva, empatía…Es bien sabido que un chimpancé que ve cómo se privilegia a su compañero, se enfada. (y es menos sabido que el mono privilegiado no se siente del todo confortable con su privilegio, tal vez porque teme la reacción de su colega). También está probado que entre los chimpancés y los bonobos, cuando uno de ellos se accidenta o cae de un árbol, los demás se aproximan para ayudarle. Igualmente está comprobado que un niño, apenas sabe andar, se apresura a abrazar tiernamente a otro niño si le ve llorando.


En suma, tal vez es nuestra mamiferidad la que nos ha hecho empáticos. Y esa misma mamiferidad, que ha puesto en nuestro interior la semilla del egoismo y la competitividad es la responsable, también, de lo mejor que tiene la especie humana: la solidaridad intra-tribal, el ideal de justicia social, la moralidad y el sentido del bien.
Un poco ángeles y un poco demonios. Así somos los humanos. Simplemente mamíferos, después de todo.

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