Hace mas de veinticinco siglos, Pindaro lo dejó bien escrito: “gluku d’apeiro polemos, pepeiramenon de tis tarbei prosionta nin kardia perissos“, es decir, “la guerra es dulce para el que no la ha probado, pero el hombre que tiene experiencia nota como su corazón tiembla en demasía cuando se acerca.”
Glosando esta idea, Erasmo, a quien erróneamente se atribuye la frase, escribió uno de los más extensos, profundos y apasionados comentarios de sus Adagia, con el encabezado de la formulación latina convertida ya en proverbio: “Dulce Bellum Inexpertis”. El sabio holandés había conocido y sufrido bien el poder de un infame tirano belicista como lo era el Papa Julio II, “el Rey de la Guerra”, que sin duda, al igual que quien tú ya sabes, no la había experimentado en carne propia. Tal vez por eso intuía Erasmo que su siglo, y el comienzo del siguiente iba a ser escenario de una tragedia colectiva como nunca había vivido el continente europeo.
Pero la versión latina que Erasmo utiliza en Adagia carece del elemento tensional que Píndaro aporta, es decir,: es la cercanía (προσιόντα) de la guerra lo que hace temblar (ταρβἐω) el corazón del experimentado, del competente (πεπειραμένων)…
Y ese temblor del experto, ya lo sabía bien Pindaro, suele sobrevenir precisamente porque las guerras comienzan de una manera imprevisible. No suelen avisar. De repente todo se complica y la puerta del Templo de Jano se abre súbitamente de par en par, dando paso al horror y la muerte.
Las guerras que ha ido sufriendo la Humanidad a lo largo de los milenios apenas han servido nunca para nada, a juzgar por el terrible siglo XX y sus dos conflictos mundiales, los peores que jamás vio el hombre y que tampoco sirvieron para mucho, a lo que se ve. Pero si acaso podemos extraer una enseñanza de esa larga historia de muerte y desolación, sería, en la línea que nos sugiere Pindaro, la de que las guerras comienzan cuando menos lo esperamos. El mejor ejemplo sería la Gran Guerra del 14, que nadie supo prever, ni por lo más remoto, tan solo un mes antes de su estallido.
Esta capacidad de la guerra para sobrevenir sin avisar, como consecuencia de la articulación imprevisible de acontecimientos menores que se encadenan fatalmente, ha sido muy bien estudiada por los historiadores. Lo ha hecho de forma admirable el genial Alessandro Barbero con su fascinantes conferencias sobre “come scopianno le guerre“. También lo ha hecho Barbara Tuchman, con su premiada The Guns of August. Y en la misma línea lo ha hecho también Christopher Clark en su ensayo Sonámbulos.
¿No nos ha enseñado nada la Historia? ¿Seguiremos aceptando que los que no conocen ni han de sufrir la guerra sigan sentando las bases para que estalle?
Se diría, sí, porque somos como sonámbulos que cabalgamos, dormidos, hacia el abismo. Una y otra vez. Sonámbulos.

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