Ayer sábado se cumplieron exactamente 55 años desde la muerte de T.S. Eliot. Por lo tanto, era un magnífico día para ir a ver la versión cinematográfica del delicioso cuentecito infantil sobre gatos que el poeta escribió como regalo para la hija de su editor.
La película me pareció un gozoso producto audiovisual, y disfruté mucho con la coreografía, los decorados, los prodigiosos efectos especiales, las interpretaciones y, por supuesto, la música en sí misma.
Sin embargo, casi todas las críticas han sido negativas para esta película. Injustamente negativas, pienso yo. Porque lo curioso es que dichas críticas, por lo general, no argumentan. Se limitan a decir que la película no cumple su objetivo…a señalar que el director no ha sacado partido de sus abundantes recursos.
Yo hubiera entendido que esas críticas incidiesen, por ejemplo, en el montaje, que es pura, excesivamente cinematográfico, y que no acierta a realzar todos los verdaderos valores musicales y coreográficos de la obra. Es obvio que el director ha tenido que buscar un difícil equilibrio entre sacar partido del impresionante elenco de individualidades del reparto y respetar al mismo tiempo la dimensión coral y teatral de la obra. No está claro que lo haya conseguido.
Pero nada de esto he visto mencionado en las reseñas que casi unánimemente denigran el film de Hooper, desde el New York Times a Rotten Tomatoes (las de aquí, que como siempre se limitan a seguir ovinamente los dictados de las de allá, no merecen ni ser comentadas).
En realidad, creo que lo que ocurre es que muchas personas salen del cine con una sensación extraña, no muy placentera (no es mi caso). Y es posible que eso se deba a un fenómeno psicológico muy interesante.
Ocurre que nos produce un cierto terror aquello que nos resulta íntimo, próximo, familiar (como los gatos), pero que al mismo tiempo también posee algunos rasgos extraños o inhumanos (como ese cruce de hombres y felinos que nos muestra el film).
Imágina que te has quedado encerrado en los almacenes de una tienda de ropa. Vas a pasar la noche en ese gran sotano tan oscuro y tenebroso. Todo está lleno de maniquís y tú deambulas entre ellos. El cansancio y el sueño te hace ver cierto hálito de vida en esos muñecos hasta el punto de que sientes escalofríos al mirarlos. Temes que de un momento a otro cobren vida. Es más, ya los estás viendo con vida. Será sin duda una noche de terror…Un terror nacido de lo íntimo/distinto, es decir de los maniquíes inanimados, en este caso.
No nos inquietan los seres que son muy distintos a nosotros (los gatos, por ejemplo). Y tampoco nos inquietan, por supuesto, los seres que son idénticos a nosotros (los actores). Pero entre medias, la gráfica de preferencias describe una hondonada, un valle. Nos inquietan los maniquíes, nos perturban los muñecos con miradas extrañamente vívidas. Los espectros de nuestros seres queridos. Los muertos vivientes. Los gatos antropomórficos y bípedos.
Es decir, desencadena nuestra incomodidad o incluso nuestro terror, ese tipo de seres que se parecen a nosotros, pero que no son realmente como nosotros.
Freud analizó in extenso este fenómeno. Lo hizo en su ensayo titulado “Das Unheimlich”, que se ha traducido en español como Lo Siniestro y en inglés como The Uncanny.
Luego, los expertos en estética y en cine han confirmado ese hundimiento de la gráfica de preferencias y denominaron el fenómeno como The Uncanny Valley.
Saliendo anoche del cine pensé que la Humanidad en su conjunto puede que esté entrando en un Uncanny Valley.
El cine, la literatura, la ciencia, la tecnología, el pensamiento…todo nos está conduciendo fatalmente a un espacio en el que el lo humano deja de ser humano sin ser todavía otra cosa inteligible. Nos dirigimos a un mundo que puede ser siniestro. Tan siniestro como los zombies, como los drones asesinos, como el muñeco diabólico…como esos extraños seres, medio humanos y medio felinos y con rostros extrañamente familiares (¿es esa Judy Dench, es esa Taylor Swift, es ese Idris Erba?) que cantan y danzan vertiginosamente en esta versión cinematográfica y transhumana del musical del Broadway.
Entre el presente y el extraño futuro al que ahora parece que nos encaminamos, se diría que se levanta un valle de sombras.
El propio T.S. Eliot lo supo intuir y de algún modo lo dejó dicho:
Between the idea and the reality…Falls the Shadow.

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