En estos fríos días de anticiclón, al atardecer, los arreboles suelen decorar las cumbres del Guadarrama, allá por dónde se levanta el Monasterio.
No hace falta ser un Góngora para sentir un cierto impulso poético al mirar esa caprichosa pirotecnia del cielo.
Pero hace falta ser un Góngora para observar esos arreboles, y viendo cómo compiten con los altos torreones de El Escorial, dar forma a un par de versos en los que brilla en su mejor sonoridad la lengua castellana:” Sacros, altos, dorados capiteles./ Que a las nubes borráis los arreboles.
¡Ah, esos arreboles gongorinos del Guadarrama sobre El Escorial! ¡Ah esa lumbre melancólica del sol que no quiere morir! Yo se bien que son doblemente hermosos. Porque siendo efímeros son aún más bellos.

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