A Marta le sorprende que en la mayoría de los bares y tiendas de Berlin no acepten tarjetas de crédito (en cambio, ella observa que es posible encontrar pequeños cajeros automáticos por todas partes; a menudo en el exterior de la propia tienda, ambas cosas están sin duda relacionadas).
Le respondo que al parecer la explicación de esta reticencia hacia el dinero de plástico es una cierta obsesión alemana por la frugalidad, el ahorro y la ausencia de deudas. Algo que, por cierto, llevado al exceso, no deja de tener algunas consecuencias negativas, al menos en la escala macroeconómica.
–¿Y esto por qué es así–me pregunta Kevin, el larguirucho irlandés compañero de trabajo de Mercedes, que se ha unido a nosotros en nuestra cena de Nochebuena de Boddinstrasse.
–Pues–le respondo–una hipótesis creíble relaciona esta mentalidad con la combinación de dos factores que se dan en esta tierra germana.
–¿Cuáles?»
–En primer lugar, el austero estilo protestante de vida, enemigo de ostentaciones y suntuosidades. En segundo lugar, y quizá lo más importante, por la interminable la historia de sufrimientos económicos del pueblo llano alemán, especialmente, desde la Guerra de los Treinta Años a la locura nazi. Ambas cosas han podido adiestrar a los alemanes en el arte de eludir gastos superfluos y en un desprecio de la tendencia al dispendio de los del sur. Esta mentalidad alemana ha sido incluso objeto de estudio por parte de los psicoanalistas a quienes les ha llamado la atención elementos del folklore germánico tan llamativos como el famoso Dukatenscheisser.
–¿Dukatenscheisser? ¿Cagador de ducados?–interviene Mercedes.
–Así es. Este personaje tradicional de Alemania, cuyos excrementos son monedas de oro, aparece en muchos ámbitos de la cultura germánica popular, desde los cuentos de hadas o las figuritas de cerámica Meissen a las fachadas de algunos célebres edificios (como es el caso famoso del Hotel Kaiserworth en Goslar).
–¿Y qué tiene que ver esa figura con la tendencia al ahorro?–exclama Kevin con cara de extrañeza.
–Pues mucho,–contesto al vuelo–Es muy bien sabido que según Freud, entre los complejos del amor al dinero y la defecación existen múltiples relaciones. En los mitos y fábulas de muchas culturas, así como en el pensamiento inconsciente, el dinero aparece vinculado a la inmundicia. Cuando el diablo regala oro a sus protegidos engañados, ese oro al final se convierte en excrementos. Freud estaba convencido de que existía una vinculación profunda entre la obsesión por el dinero y los problemas de estreñimiento, como si la negativa del cuerpo a evacuar fuese una resonancia de la negativa del espíritu a deshacerse de las monedas. Freud decía que todo médico que hubiera practicado el psicoanálisis debería saber que partiendo de la correlación entre el amor patológico al dinero y la retención de las heces se lograba «la desaparición del más rebelde estreñimiento» (sic).
Todos los comensales sonríen cuando digo esto. Y Anabel saca a la luz, cómo no, pues estamos en fechas navideñas, la institución catalana del «caganet». ¿Puede tener algo que ver?
–Sin duda. El caganet de los belenes catalanes vendría a confirmar esta vinculación entre dinero y excrementos que atisbó Freud, puesto que lo que el tópico atribuye a la tradición catalana es un acendrado amor por el ahorro. Para la cultura popular europea, tanto los catalanes como los alemanes del norte y los escoceses, representan el grado máximo de avidez crematística, una actitud que puede verse desde un punto de vista como cicatería recalcitrante y desde otro como admirable sentido económico .
–¿Y esto justificaría que se incluya una figurita en situación de evacuar en un lugar tan sagrado como el pesebre?–plantea Anabel.
–Sin duda. El caganet es un conjuro de abundancia. Y está donde debe estar. El caganet, al igual que el Dukatencheisser, invoca el fin del «estreñimiento económico» y su puesto es justamente el Nacimiento navideño, donde se inscriben los deseos y ambiciones profundas para todo el año que está a punto de comenzar: paz, felicidad, prosperidad…De hecho, el caganet alemán también lo vemos en las fachadas de los bancos germanos, es decir, en un lugar que es casi tan sagrado y relevante como los belenes de la Navidad.
Y, en fin, dicho esto, propongo concluir definitivamente nuestro debate escatológico, pues las costillas ya están a punto de llegar a la mesa y nos llega ya su delicioso aroma. Y sugiero entrechocar en este mismo instante nuestras copas rebosantes de buen Riesling, brindando no por los ducados, sino…¡por la vida!
Un brindis que comparto con todos mis amigos y sufridos lectores: Lejáim!

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