Al parecer (creo que ya he escrito sobre esto hace años) debemos la tradición de los belenes o pesebres navideños al mismísimo Francisco de Asís, y es algo que se remonta a aquellas figuras de tamaño real que el mínimo y dulce reparador de la Iglesia construyó en Greccio a fin de celebrar el “Natale” (él decía por cierto que “Natale” era la palabra más bella de la lengua).

Lo curioso es que tal vez también debemos a Francisco el otro rito propio de la Navidad, es decir, el gran banquete familiar. 

Cuenta Tomasso di Celano que cierto año, el día de Navidad caía en viernes. Así que uno de los compañeros de Francisco, un tal Morico, le preguntó si debía primar la preceptiva norma de abstinencia de carne en los viernes, o si la celebración Navideña debería sobreponerse a dicha norma restrictiva. 

Francisco fue tajante: el precepto del “giorno magro” debería ser algo irrelevante en comparación con el natalicio de Jesús de Nazaret. 

“Tu, pecas, Morico, al llamar viernes al día en el que nació para nosotros el Niño”. 

“En relación con un día como este”–prosiguió el santo–“no hay viernes que valga. La celebración está por encima de todo y concebirla de otro modo es pecado. No hay duda posible. No hay alternativa.”

Francisco de Asís, según nos sigue contando Tomasso di Celano, ansiaba que la Navidad fuese un banquete universal. Quería que el día de Navidad los pobres y los mendigos fuesen saciados por los ricos. Incluso deseaba que los los bueyes y asnos comiesen con mayor abundancia de lo habitual. 

“Si pudiese hablar con el Emperador”, decía, “le suplicaría que promulgase un edicto general para que todos los que puedan hacerlo esparzan trigo y otros granos por todas partes, a fin de que en un día de tanta solemnidad lo pajarillos, y particularmente la hermana alondra, coman en abundancia”.

Hay algo fascinante en la forma de pensar de ese Francisco que nos describe su biógrafo. Es una radicalidad que impacta y maravilla. Un paradójico desafío a lo convencional. De hecho, nos sigue contando Tomasso di Celano, en la conversación con Morico sobre la Navidad, se nos muestra el deseo infinito de fraternidad del santo de Asís: “Quisiera que en un día como este hasta las paredes coman carne, y como ya se que eso no es posible, que al menos los muros se llenen de comida en el exterior”.

El sueño de Francisco es por lo tanto un banquete universal; un festín en el que se acoge a todos los seres y entidades del cosmos, ya sean animados o inanimados…Un gran celebración de la abundancia para todos los seres de la tierra y del aire.

Tal vez esta forma de ensalzar la convivialidad en el tiempo de Navidad, sea una de las pocas transformaciones que Francisco consiguió aportar al mundo católico. Y no es pequeña. Quien sabe si cada cena de Nochebuena o cada almuerzo de Navidad, así como el espíritu de fraternidad y solidaridad asociados a ellos, le deben mucho al mínimo y dulce santo de Asís.

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