Además de Greta Thunberg, diversas celebridades del cine, de la música, del espectáculo…están manifestando públicamente, y de forma muy notoria, su apoyo a la causa del activismo contra el cambio climático. Estas manifestaciones, a su vez están provocando acerbas críticas. Son, por lo general, críticas de la peor especie, es decir, críticas ad hominem.
No se entra nunca en el fondo del asunto, pero se fustiga sin piedad al personaje en cuestión por su supuesta incoherencia: viaja en avion privado, navega en yates, posee coches de gran cilindrada…”¡Y así y todo tiene la osadía de pronunciarse a favor del cambio climático!, ¡Anatema sea!”
Puede que tener recursos económicos sea un pecado nefando que cualquiera tiene derecho a anatemizar. Puede que viajar en yate, en jet o en coches lujosos sea un terrible crimen. Pero de lo que yo no estoy seguro es de que ese delito se agrave por el hecho de expresar un compromiso moral con una causa que, en sí misma, sí parece digna de ser apoyada.
A lo sumo, el delito de tener medios económicos sobrados se atenuará con el compromiso moral con una buena causa, digo yo.
Me parece que los que critican a estas celebridades más o menos opulentas por su apoyo a la lucha contra el cambio climático son el tipo de personas (o medios de comunicación) que no combaten usualmente las desigualdades económicas o los desastres que provoca el sistema socioeconómico que padecemos. Es decir, en sí mismos, no les parecen a ellos mal ni los yates, ni los aviones privados ni los coches de gran cilindrada. No, señor.
Por lo tanto, sugiero que acojamos con alborozo esas burdas críticas ad hominem, porque más allá de la triste perplejidad que pueden producirnos (¿no sería más lógico que encomiasen a quien pese a su confortable status individual asume el incómodo gesto de apoyar activamente una causa de interés común?), lo cierto es que acaso son el punto de partida de un cambio de perspectiva en quienes hasta ahora no mostraban jamás el más mínimo interés en corregir las injusticias sociales ni en aliviar el daño ecológico ejercido por el sistema económico que ha producido esas mismas injusticias. Algo se mueve, ¿no?.
Y en cuanto al furor que desata en esos mismos fariseos la personalidad de la joven Greta, asumamos que es algo inevitable. Es un viejo furor en verdad. Es el mismo furor que han desatado a lo largo de la Historia las mujeres, generalmente jóvenes o muy jóvenes, que se atrevieron a desafiar el sistema sociopolítico o los esquemas de pensamiento de su tiempo (y que en buena medida lo lograron). En ese sentido, el odio burlón hacia Greta reproduce el mismo odio burlón, paleto, machista y miserable que generaba Hipatia en el siglo V, Hildegard von Bingen en el XII, Catalina de Siena en el XIV, Juana de Arco en el XV, Teresa de Jesús en el XVI, Cristina de Suecia en el XVII o Marie Curie en el XX.
Así que del mismo modo que debemos acoger esperanzadamente las críticas hacia esos famosos que se están pronunciando a favor del activismo climático, también debemos aceptar con comprensión las burlas y chanzas hacia Greta, porque responden a una pauta histórica. Y porque la figura de esta joven tan atrabiliaria como inspiradora se recordará durante mucho tiempo, y subsistirá universalmente en la memoria de las gentes cuando todas esas burlas y chanzas, junto con los que las divulgan, ya no sean más que silencio, polvo, nada.

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