Lo fascinante de la etimología no es tanto averiguar el sentido prístino de las palabras como desvelar la evolución progresiva de su significado y a partir de ahí obtener alguna conclusión.
Pongo un ejemplo: la palabra “sisa“.
Se trata de un término que en esencia significa corte, recorte o reducción de ajuste, a partir, más que posiblemente, y diga lo que diga Corominas, del latín “scissum“, cortado, lo que nos evoca el inglés scissors, o el castellano escisión)
Este sentido de corte o recorte se mantiene, por ejemplo en el mundo de la sastrería. Yo recuerdo vagamente que mi madre hablaba de sisa para referirse a la necesidad de cierto ajuste final de algún jersey que me hacía probar; “hay que coger sisa”; me parece que decía, o algo similar.
Este sentido de recorte o ajuste es el que hizo posible la aplicación del término al mundo de los tributos que el rey recibía en los tiempos medievales. La “sisa” fiscal del medievo era simplemente la parte de los impuestos recaudados que se le permitía retener a quien se encargaba de esa recaudación, como remuneración por su labor. No había en el término ningún sentido de transgresión o apropiación indebida.
Más tarde, ya por el siglo XVIII, la palabra sisa comenzó a utilizarse también para referirse una curiosa práctica fiscal consistente en permitir que los establecimientos comerciales (por ejemplo las carnicerías), entregasen menos mercancía de la comprada por el cliente, de forma que quedase un remanente dinerario, el cual habría de entregarse posteriormente a las autoridades, en forma de impuesto indirecto. Es decir, el cliente compraba y pagaba cuatro libras de salchichas, por ejemplo, pero se establecía que debía recibir solo tres libras y media, quedando el importe de la media libra “sisada” o recortada como impuesto que el carnicero debía liquidar al fisco. Era una especie de astuto malabarismo tributario orientado a disimular el esfuerzo fiscal del contribuyente o pechero, enmascarándolo en el diferencial de peso de lo que compraba. No muy diferente al actual IVA.
Naturalmente, este nueva acepción de sisa dio comprensible paso al sentido de apropiación indebida del dinero que alguien recibe para hacer compras. En el siglo XIX ya se usaba la palabra para definir sobre todo la al parecer inveterada práctica de las empleadas de hogar o los mayordomos de retener una parte del dinero que se les daba para acudir al mercado y proveer a la casa de viandas (“Nina fue cocinera en su juventud, sirvió en buenas casas, pero por su desmedido amor a la sisa no permaneció por mucho tiempo“, escribe Galdós en Misericordia). Y este sentido de amor al fraude es justamente el que se ha consolidado en nuestros tiempos.
¿No invita entonces a la reflexión el hecho de que lo que era al principio un tributo acabe siendo visto con el tiempo como una pura apropiación indebida? ¿No indica esto algo con respecto a la visión que tenemos respecto al pago de los impuestos, tasas y gravámenes?
Interesante palabra esta de sisa. Y una lástima que ya esté quedando fuera de uso. Porque en realidad, bien podríamos denominar al sistema político que sufrimos como Sisópolis, connotando con ello la fiebre fiscal que padecemos y la práctica sistemática de la corrupción y el dinero bajo cuerda, desde la Gürtel a los Eres. Corrupción que, al fin y al cabo, ya parece haberse convertido en otra forma de carga tributaria inevitable.
Propongo pues Sisópolis como definición del modelo socioeconómico en el que nos movemos. Sería la versión española de la italiana Tangentópolis, que es denominación derivada del latín tangere, tocar, puesto que al realizar el reparto de una ganancia, se utilizaba este verbo para referirse a lo que a cada uno le tocaba en la distribución. La tangente era en Italia la parte que le correspondía al jefe o dueño de algún gran negocio, botín o saqueo, valga la redundancia.
Hablo de todo esto con Marta, y al mencionar el término italiano me pregunta si la práctica de la sisa es muy propia de los pueblos mediterráneos. Se lo niego de plano, y me pongo a contarle la célebre historia de Cesar Ritz, el chief que trabajaba en la cocina del lujoso hotel Savoy en Londres, y que durante años sisó a la propiedad una enorme cantidad de dinero. Dinero con el que, una vez despedido del hotel por chorizo, y junto con su compinche y socio August, le sirvió para sentar las bases del imperio hotelero Carlton-Ritz.
–¡Qué curioso! O sea que cuando vemos uno de esos hotelazos con limusines de potentados en la puerta debemos pensar en que todo eso nació de la sisa.
–Todo eso. En efecto. Todo nació de la sisa. Del desmedido amor a la sisa. ¿De dónde si no?

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