Los que mandan han decidido ayer declarar estos tiempos como de “emergencia climática“.
Es fascinante lo ágiles y enérgicos que son los prebostes para dar nombres diferentes a las cosas, en llamativo contraste con su lentitud y abulia para hacer las cosas diferentes.
Ha pasado más de una década desde que Al Gore nos explicó que estábamos ya ante una emergencia global. Y lo hizo mediante un documental del que incluso algunos se mofaron, pese a su rigor y elocuencia.
Aquel documental se titulaba, con muy buen criterio y mucha enjundia,”An Inconvenient Truth”. Y es precisamente ese título lo que me ha impulsado a escribir esta mañana.
¿Por qué tiene mucha enjundia llamar “inconvenientes” a ciertas verdades, como la que hace referencia a la realidad del cambio climático?
Responder a esta pregunta nos conduce al espinoso problema de la naturaleza de la verdad y a una interpretación de esa naturaleza muy propia de la cultura anglosajona que es hegemónica en el mundo (no hace falta recordar que Estados Unidos, principal causante de emisiones de gas invernadero, ha abandonado recientemente los acuerdos de París). Dame un minuto y te explico a continuación lo que quiero decir.
Empecemos cuestionándonos, como lo hacía cínica pero lúcidamente el prefecto Pilatos, sobre qué es la verdad.
La respuesta clásica, que se remonta a Aristóteles, se basa en la noción de correspondencia, es decir, se entiende la verdad como la correspondencia entre hechos y palabras, expresadas estas en forma de proposiciones respecto al mundo.
Por desgracia, esta forma de ver las cosas suscita más problemas de los que resuelve pues hablar de correspondencia entre el mundo y las palabras requiere un cierta visión del mundo que debe ser previa a cualquier juicio de verdad o falsedad que pueda ser emitido. Pero esa visión del mundo requiere de verificación, lo que nos lleva a una indeseable circularidad lógica.
La alternativa a la teoría de la correspondencia material entre cosas y palabras sería la visión estrictamente formal de la verdad, sobre la cual se construye la llamada teoría de la coherencia: una proposición es cierta o verdadera si esa proposición es coherente en relación con otras proposiciones de un determinado conjunto. Sin embargo, esto nos lleva a considerar como verdaderas, por ejemplo, las proposiciones de sistemas de pensamiento coherentes pero puramente imaginarios, no probados o de fantasía. Por ejemplo, las “verdades” de la llamada “ciencia astrológica” serían verdades de pleno derecho conforme a esta teoría. Esto presenta aún más debilidades que las de la teoría de la correspondencia.
Ante las enormes dificultades de encontrar una definición lógicamente sólida de la verdad, al pensador norteamericano William James se le ocurrió, allá por finales del XIX, y en plena emergencia del poder plutocrático de los Estados Unidos, un enfoque totalmente diferente y muy ajustado al espíritu del tiempo y ámbito en el que vivía James. Se trataba del enfoque “pragmático” de la verdad.
James sostenía que ante la imposibilidad de aclararnos con lo que es o no es cierto, lo mejor era seguir el criterio de considerar que son ciertas aquellas proposiciones que tengan “valor en metálico” en términos empíricos, esto es, “cash value in experience” (sic).
En otras palabras, para William James, muy en consonancia con la forma de pensar del capitalismo norteamericano en alza cuando formula su teoría (y ahora mismo también), debemos dar por cierto aquello que nos resulta conveniente. Y no hay más que hablar. La derivada es que cuanto más poderosa sea una persona, más capacidad tendrá de ser fuente de verdades pragmáticas y más capacidad tendrá para negar lo evidente y sostener lo falso, lo que explica por ejemplo que el actual mandamás de la Casa Blanca tenga 50 millones de seguidores en Tweeter. Seguidores que parecen creer a pies juntillas todo lo que el rubicundo majadero les dice. Porque les conviene.
Naturalmente, este enfoque empírico radical de James era un solemne disparate, pues en realidad, el sentido común nos indica que un gran número de verdades pueden ser al mismo tiempo decididamente inconvenientes.
Pero por más que nos parezca ridícula esta forma de pensar, hay que reconocer que es en buena medida la que se ha consolidado en la sociedad contemporánea. Si algo no nos conviene, lo damos por falso, lo negamos, sostenemos que no puede ser y que alguna razón o justificación se abrirá camino para refutarlo.
Y el mejor ejemplo de esta concepción aberrante de la verdad práctica es precisamente el cambio climático.
Porque la veracidad del cambio climático y su amenaza para el planeta es virtualmente indiscutible. Desde los tiempos del documental de Al Gore, como poco.
Es una verdad, sí, en la medida en que se corresponde con los datos científicos más precisos. Pero es una verdad que no conviene en absoluto a quienes ostentan el poder económico y político en el planeta.
Por lo tanto es una “verdad inconveniente“.
Bertrand Russell se limitaba a contradecir a James con la simple aseveración en el sentido de que algunas verdades pueden ser inconvenientes.
En realidad, en el ámbito de la vida social y política, se diría que no solo algunas verdades son inconvenientes, sino que, más bien, lo son la mayoría de las verdades.
Hasta el punto de que en este mundo de postverdades, de manipulación y de propaganda masivamente distribuida en redes sociales, la inconveniencia o la incomodidad de una idea empieza a ser un buen índice para sospechar la veracidad de la misma.
Tiempos oscuros estos, en los que es falso aquello que no tiene cash value. En los que toda verdad tiende a ser inconveniente.

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