Marta me ha pedido que la ayude con un trabajo que está realizando sobre El Mundo Feliz de Huxley.
Lo haré encantado, entre otras cosas porque hay pocas obras tan relevantes de cara a entender el tipo de mundo en que vivimos, al que podríamos también calificar de espléndido, con el mismo sarcasmo que inspiró a Huxley a la hora de titular su novela, a partir de una frase un tanto sarcástica de Miranda en La Tempestad.
En Brave New World (pésimamente traducido como Un Mundo Feliz) está todo o casi todo lo que nos debe ocupar y preocupar: la cultura del usar y tirar, el boom de la industria del entretenimiento embrutecedor, desde la telebasura al aberrante y pernicioso Tik Tok o al superficial cine de Hollywood en 3D o 4DX, la banalización de las relaciones sexuales, el crepúsculo del amor romántico y, sobre todo, la comprobación de que teníamos sobrevalorada la privacidad y, por añadidura, la libertad, visto que el hombre contemporáneo está dispuesto a renunciar pastueño a ambas a cambio del mecanismo de dulce condicionamiento, manipulación psicológica, satisfacción y gratificación instantánea que le ofrecen las redes sociales.
La gran contribución de Huxley fue prever que ya no existirían revoluciones orientadas a cambiar las cosas, sino revoluciones orientadas a cambiar las mentes. O a manipularlas, para ser más preciso. Estamos en medio de una de esas revoluciones. Y esta vez los guillotinados somos nosotros.
Deberíamos leer y releer de nuevo a Huxley. Y no solo por su iluminadora distopía sobre el Estado Mundial, sino por otros muchos ejemplos de lúcida intuición. Anoche, leyendo uno de sus ensayos, me encontré con esta deslumbrante observación que nos ayuda a entender lo que está pasando:

Las fuerzas que dividen son más poderosas que las que unen. Intereses inalienables en el lenguaje, filosofías de vida, costumbres domésticas, hábitos sexuales, organizaciones políticas, eclesiásticas y económicas, son lo suficientemente poderosas como para bloquear cualquier intento por unir a la Humanidad para su bien y por métodos racionales o pacíficos. Y está también el nacionalismo. Con sus cincuenta y siete variedades de dioses tribales, el nacionalismo es la religión del siglo XX. Podemos ser cristianos, musulmanes, hindúes, budistas, confucianos o ateos; pero el hecho que persiste es que hay una sola fe por la cual las grandes masas de nosotros están preparadas para morir y mater. Y esa fe es el nacionalismo. Que el nacionalismo seguirá siendo la religión dominante de la raza humana por los próximos dos o tres siglos parece como mínimo muy probable. Si la guerra nuclear total se evita, podemos esperar encontrarnos, no con el surgimiento de un único Estado Mundial, sino con la prolongación, en peores condiciones, del sistema actual, bajo el cual los Estados nacionales compiten por los mercados y las materias primas y se preparan para guerras parciales.”

Amén, cuya etimología significa “verdaderamente”, no “así sea”.

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