Marta, que ha leído mi post en el que hacía referencia marginal a las Cruzadas, me pregunta por qué no hay casi nombres de nobles de Castilla o Aragón entre los que acudieron a rescatar la Tierra Santa para la cristiandad. Ha leído algo al respecto. En nuestra historia tenemos al Cid, claro, pero carecemos de héroes cruzados míticos como Godofredo de Bouillon o Ricardo Corazón de León, por poner un par de ejemplos.
La razón es que sí hubo miles de castellanos y aragoneses que fueron cruzados. Y lo fueron en su lucha contra los musulmanes, pero en el territorio de la península ibérica.
El Papa Alejandro II fue el primero que calificó de Cruzada las escaramuzas entre cristianos y musulmanes y le convirtió en verdadera protocruzada la conquista cristiana de Barbastro en 1064, un cuarto de siglo antes de la Primera Cruzada a Tierra Santa. Comenzó el papado con los aragoneses, por estar los castellanos hasta cierto punto enfrentados a Roma. Alfonso VI estaba empeñado en convertir él mismo en Cruzada sus esfuerzos de conquista, sin recurrir al Papa. Algo que le costaría a León la independencia de Portugal, si bien esto ya es otra historia.
El caso es que en1073, Gregorio VII declaró que el Regnum Hispaniae pertenecía a San Pedro (alegando la Constitutum Constantini). Y un poco más tarde, Urbano II, solo una década antes de que los Cruzados iniciasen sus jaleos en Jerusalén, exhortaba a los nobles catalanes a recuperar Tarragona y convertirla en fortaleza de la cristiandad, equiparando en indulgencias los esfuerzos empleados en esa tarea a los de los peregrinos a Tierra Santa. A partir de aquí, ya era obvio que la Iglesia romana acabaría equiparando el iter redemptor jerosolimitano a la llamada Reconquista peninsular.
En los primeros años del siglo XII, cuando miles de aristocratas europeos ya estaban dando los primeros mamporros en Palestina, un gran número de nobles castellanos y aragoneses manifestaban al Papa su ansia tomar la cruz y acudir también a Tierra Santa. Pero el Papa les convencía siempre de que su misión era combatir a los almorávides de la península ibérica. Dicho esto sin perjuicio de la participación aragonesa en las últimas cruzadas, con botones de muestra cono Pedro de Moncada, comandante de Templarios.
En 1114, con las hordas de el morabito a las puertas de Barcelona, el conde Ramón Berenguer III se las arregló para convencer al Papa Pascual II de declarar “cruzada” la tarea de limpiar de enemigos los alrededores de Barcelona y sus costas (con ayuda de los marinos pisanos).
Y más adelante ocurriría lo mismo cuando a los almorávides los relevaron los aún más temibles almohades. También las luchas que concluyeron con la victoria de las las Navas de Tolosa en 1212 fueron una verdadera cruzada multinacional, en la que participaron nobles de toda Europa y muchos centenares de caballeros Templarios; es decir, fue una variante de los esfuerzos de los cruzados cristianos en Palestina.
Pero cabe preguntarse si este alejamiento de los hispanos con respecto a las primeras Cruzadas a Tierra Santa no fue un cierto precedente (o incluso una causa remota) de la marginación crónica de los peninsulares en muchas de las tareas colectivas de los europeos. Quién sabe.
En fin, que sí, le digo a Marta. Que también hubo cruzados de primera hors, a su modo, entre los hispanos. Y si cabía alguna duda, basta recordar la licencia que Samuel Bronston se permitió cuando le espetó una cruz en el pecho al Cid que interpretaba Charlton Heston. Porque le pareció oportuno, que para eso pagaba.

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