Ese controvertido líder político que está a punto de coaligarse (o no) con el muy resistente y resiliente preboste doctorado en funciones (stupor mundi et immutator mirabilis), ha reconocido, en una carta a sus militantes, que ahora el “cielo se conquista con perserverancia”. Esto contrasta un poco con lo que famosamente declaró ese mismo lider en el año 2014 (18 de Octubre), en el sentido de que “el cielo no se toma por consenso, sino por asalto“. No tiene mucho de extraño este cambio de actitud, pues es sabido que las declaraciones solemnes de principios, como nos han enseñado personajes como el Cardenal Mazzarino o Groucho Marx, son meramente instrumentales, y están al servicio de las circunstancias. Por otro lado, es mas coherente en quien lo dice eso de conquistar el cielo por perseverante consenso que lo de conquistarlo por asalto, por estar más en la línea del pensamiento gramsciano al que tanto se acoge el lider de referencia. Después de todo, la esencia de Gramsci es la idea de avanzar progresiva y consensuadamente hacia la hegemonía, mediante el paciente juego posicional de las influencias y las confluencias…
Pero a mí todo esto me trae bastante sin cuidado. En realidad lo único que me llama la atención es el uso continuado de esa extraña metáfora del cielo y del asalto, que parece tener relación con la conquista del poder. Y que se usa una y otra vez, en muy diferentes contextos.
Yo creo que el origen de la relación entre el asalto y el reino de los cielos tiene su inequívoco precedente en la Biblia, como tantísimas expresiones y lugares comunes que utilizamos a diario. En el Evangelio de Mateo (11:12) se mencionan las palabras de Jesús cuando les indica a los mensajeros enviados por su primo desde la cárcel: “…desde los días de Juan el Bautista el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo asaltan por la fuerza” (en el texto bíblico de los Setenta se usa el poco usual verbo griego “biazomai” que realmente significa asediar violentamente o usar la fuerza y el poder para asediar, lo que bien puede traducirse por acosar al asalto).
A partir de esta referencia, posiblemente se consolidó la idea de que el Reino de los Cielos era algo susceptible de ser atacado o o defendido por la fuerza, como si fuera una fortaleza cualquiera. De hecho, los primeros y muy tenebrosos siglos del cristianismo, en su nueva condición de intolerante religión de Estado, desde la victoria de Constantino en Puente Milvio (“in hoc signo vinces“) y el Edicto de Milán, hasta los sangrientos tiempos de los cruzados y los caballeros templarios, hospitalarios de San Juan o teutónicos, son la prueba de esa profunda vinculación que el aparato doctrinal clásico de la cristiandad quiso ver entre el uso de la fuerza y el “Reino de los Cielos”. En particular, esto lo expresan muy bien las palabras de San Bernardo de Claraval dirigidas a los señores feudales ingleses, en el contexto de sus exitosas prédicas para promover la Primera Cruzada y enviar el mayor número posible de mamporreros a Palestina:

“El Señor del Cielo está perdiendo su tierra, la tierra en donde él se apareció a los hombres, en la que vivió entre los hombres durante treinta años (…) vosotros tenéis una causa por la cual podéis pelear sin poner en peligro vuestra alma; una causa en la que ganar es glorioso y por la que morir no es sino ganar (…) no perdáis esta oportunidad. Tomad el signo de la Cruz. De inmediato tendréis la indulgencia por todos los pecados que confeséis (ahora) con arrepentimiento. No os cuesta mucho comprarla; y si la usáis con humildad, descubriréis que es el reino de los cielos.”

En realidad, la triste historia de aquellas Cruzadas en Palestina epitomiza perfectamente la idea según la cual tiene pleno sentido la violencia y el asalto si es con fines más o menos santos y nos ayudan a conquistar el Reino de los Cielos. Cabe recordar en este sentido el muy acertado título que Ridley Scott dio a su film sobre la violentísima Segunda Cruzada, esto es “Kingdom of Heaven“.

Pero es que se trata en todo caso de la “santa violencia“, que viene a ser una idea que también tiene profunda raigambre bíblica, como deducimos de las palabras que el evangelista Lucas (49:53) pone en boca del nazareno:

…He venido a traer fuego a este mundo y ojalá que ya estuviera ardiendo…

Y esa virtualidad justificativa de la agresión incendiaria la encontramos, por ejemplo, tanto en las barricadas encendidas de estos días como en las palabras de aquellos que desde los púlpitos atizaban hace 83 años la rebelión contra la República, con propuestas como aquellas tan bizarras del clérigo Escrivá de Balaguer, que ponderaba desde su refugio en una embajada de Madrid la “santa coacción“, y la “santa intransigencia” en sus prédicas a favor de esa otra Cruzada-oficialmente llamada así por el Vaticano- que fue el violento alzamiento del 36 al que el fundador del Opus Dei (gran admirador de San Bernardo de Claraval) se adhirió con toda el alma…

Por lo tanto, ya tenemos configurado, a partir del Evangelio, los Padres de la Iglesia y el santo de Clairvaux, el lugar común que vincula el Reino de los Cielos y el asalto.
Entonces se explica bien la anécdota que circulaba en Roma el invierno de 1513, con ocasión de la muerte del muy belicoso y agresivo Papa Julio II, alias “El Papa Guerrero“. Se decía jocosamente que a las puertas del Cielo, San Pedro le negó la entrada, argumentando que con lo muy rico que era, podría construir él mismo su propio y privado paraíso y que además había inducido al mundo entero a la guerra más espantosa…para poder mentir impunemente…y que había celebrado triunfos después de haber hecho morir a tantos cristianos por sus intereses personales. Entonces, proseguía el chiste popular recogido en el panfleto anónimo “Iulius exclusus e coelo“, Julio II amenaza a San Pedro con excomulgarle (!) y le insta a rendirse amigablemente, avisándole que si nos lo hacía, en unos meses volvería encabezando una gran tropa de sesenta mil hombres armados…deciso a prendere d’assalto il cielo si gli si rifiuta l’entrata. Todos los obispos son de este género?, le pregunta entonces San Pedro al Angel de la Guarda del Papa Julio. La mayoría son de la misma pasta, pero ninguno está a su altura, le contesta el “nume” del pontífice a San Pedro.

Creo que este divertido libelo contra el “Il Papa Guerriero“, con todos los precedentes evangélicos y clericales que he mencionado antes, es lo que consolida en los tiempos modernos la pintoresca idea de que el Reino de los Cielos se puede tomar por asalto (eso sí, siempre que tengas suficientes hombre armados). Y tal vez por eso no debemos extrañarnos de que Hölderlin, en uno de sus poemas de temática mitológica se refiera al asalto del Olimpo por parte de los Titanes o que Karl Marx, buen lector e incluso amigo de Hölderlin, recurriese también a ese lugar común de la conquista del cielo por asalto en una carta a su amigo el Dr. Kugelman, en 1871, en la que alababa la heroica resolución de los Communards de París y su firme decisión de conquistar el poder mediante asalto.

A partir de esa carta de Marx, la expresión “tomar por asalto los cielos” se divulga entre los comunistas románticos mitad del siglo XIX. Persiste y circula aún más la idea entre los comunistas de primeros del XX (recordemos que la secretaria de la Pasionaria titula sus memorias precisamente con la frase “Asalto a los Cielos“) y cobra nuevo vigor en el marxismo autonomista italiano, como lo prueba la conocida frase de Antonio Negri en “Dominación Capitalista y Sabotaje de la Clase Trabajadora”: “Nuestro sabotaje es el que organiza el asalto a los cielos del proletariado, a fin de que esos malditos cielos no existan nunca más

No me diga el lector que no tiene cierto interés seguir la pista de esta curiosa frase, que nos lleva desde el evangelista Lucas o Eusebio de Cesarea hasta Negri o el líder emergido del 15M, pasando por San Bernardo de Claraval, el Papa Julio II, Hölderlin, Karl Marx o la Pasionaria. A mí esto es lo que sí me parece digno de ser resaltado, mas allá de las insensateces e incoherencias de los prebostes o prebostillos con los que el destino parece habernos castigado y que no merecen, la verdad sea dicha, mucho comentario por sí mismas, como no sea decir que la Historia sugiere que quien pretende tomar el cielo por asalto, no pocas veces acaba abriendo las puertas del infierno.

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