Ayer tuvo lugar un debate electoral televisado. Lo protagonizaban cinco candidatos, de otras tantas orientaciones políticas. Tras el debate, muchos informativos digitales realizaron encuestas anónimas entre sus audiencias, al objeto de valorar cuál de los candidatos había “estado mejor” a juicio de los lectores.
Curiosamente (o no tan curiosamente), no había unanimidad. Con alguna excepción, los candidatos ganadores en cada medio se correspondían con la orientación política o ideológica del medio en cuestión.
¿Cómo es posible? ¿Acaso no vieron todos el mismo debate?
Naturalmente, esto puede explicarse por el afán de cada persona por presentar como ganador a su propio candidato, en detrimento de los demás. Y contribuir a ello mediante su voto en la encuesta.
Pero puede haber una causa aún más profunda. Y más interesante.
En realidad, la mente humana no es exactamente como una ventana abierta a través de la cual entra la realidad objetiva desde el exterior al interior para convertirse en conocimiento. Es más bien al contrario, por extraño que parezca.
Lo que percibimos está profundamente condicionado por lo que a priori pensamos o creemos. A través de la percepción simplemente tratamos de validar lo que previamente suponemos (y eso que suponemos está definido por numerosas percepciones y experiencias previas).
El cerebro del que nos ha dotado la evolución es, en esencia, una máquina de previsión, esto es, un instrumento sumamente útil para permitirnos movernos por el espacio con seguridad, cazar y no ser cazados. Por lo tanto, el sentido y la función del cerebro no es tanto comprender la realidad como preverla. Pero para prever esa realidad, es preciso que el cerebro sea una maquinaria incansable y veloz capaz de plantear escenarios probables que se han de ir validando mediante la percepción. Con la percepción, la experiencia nos va proporcionando datos que van haciendo más o menos plausibles los escenarios que estamos considerando como hipótesis.
Lógicamente, lo que nos complace es que la experiencia certifique en la mayor medida posible y cuanto antes la validez de los escenarios que aventuramos como hipótesis. Lo contrario produce gasto mental adicional.
En otras palabras, tenemos prejuicios y no podemos evitar condicionar nuestra percepción al objeto de validar esos prejuicios.
Este transgresor enfoque epistemológico, que rechaza la tradicional concepción de la realidad como algo que va desde el exterior al interior y la sustituye por un modelo radicalmente inverso en el que la “realidad” proviene de dentro y se proyecta hacia fuera, está siendo cada vez más reconocido por los más destacados neurocientíficos y por los especialistas en inteligencia artificial y “Machine Learning”. Es un enfoque que suele denominarse como la teoría de la “alucinación controlada”, en el sentido de que nuestra relación con el mundo es esencialmente alucinatoria, si bien vamos controlando esa alucinación mediante la experiencia y la percepción.
Es decir, que existe un fundamento neurocientífico para explicar que los lectores de los diarios digitales de una tendencia determinada, crean, con toda honestidad, haber visto como indudable ganador de un debate al candidato que representa esa misma tendencia. Ocurre que, al comenzar el debate, ya asumían la hipótesis de que ese candidato era el mejor y el que habría de decir cosas más ciertas, y entonces, durante el debate, fueron regulando o condicionando su percepción para incrementar, bayesianamente, la validez de la hipótesis previa. No se trata de mentiras. No hay un intento de manipulación de las encuestas. Se trata de percepciones reales, condicionadas por la ideología de cada uno. Vemos lo que queremos ver.
Y esto nos lleva a la raíz del enorme problema que estamos ya viviendo. En estos tiempos de la postverdad las redes sociales están fortaleciendo los prejuicios de los individuos, al sesgar, intensificar, canalizar, segmentar y focalizar la información que reciben. Y precisamente por ello, tal como acabo de indicar, a la larga, esas redes sociales están haciendo posible que cada persona o más bien cada grupo de personas, vea y sienta verdades que son más distintas unas de otras cada vez. Pero esta multiplicidad de la verdad es contradictoria con la idea misma de verdad, y es el fundamento de una conflictividad social cuyas dimensiones quizá ni siquiera acertamos a imaginar.
Se acercan tiempos de un tipo de crisis que no habíamos conocido hasta la fecha. La crisis definitiva de la verdad. La crisis de la alucinación.

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