Se diría que el nepotismo de los gobernantes lo tenemos inscrito todos en nuestros genes. Desde hace siglos vivimos en el mundo del “colócanos a todos, Pepe”, que Fernández Florez ponía en boca de aquella multitud que, en una localidad gallega, aclamaba al cacique recién elegido como diputado. Este cacique, llamado “Pepe”, discursea desde el balcón de la Casa Consistorial del pueblo y se compromete con la multitud. Proclama que “cuando yo vaya a Madrid, hablaré de lo vuestro con premura“. A lo que la multitud replica al unísono con un “¡Viva Premura!, seguido de una gran ovación. Carlos Cano también tiene una canción en la que se hace eco del ancestral “colócanos a todos, Pepe”. En forma de murga, se le suplica la consabida prebenda a alguien que ha puesto “despacho en Madrid de mucho postín“: “¡colócano..colócano…ay por tu madre colócano…!”
Hace unas semanas hemos sabido de la alcaldesa de la tercera mayor ciudad de las dos Castillas , quien tras ganar las elecciones municipales, muy ufana, no tardó en colocar adecuadamente a la mitad de su familia.
Es que, indudablemente, la primera obligación de todo gobernante parece ser la de colocar a sus amigos o deudos. Esto ya lo intuía Cervantes cuando nos relata cómo reaccionó Teresa Panza, cuando le llega la noticia del nombramiento de Sancho como gobernador de la ínsula Barataria. “¡A fee que agora no hay pariente pobre! ¡Gobiernito tenemos!
Pues de eso se trata y para eso se nos pide el voto. ¡Que viva el gobiernito! ¡Y que viva Premura!

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