La catástrofe climática que ya empezamos a sufrir es el resultado de una dinámica socioeconómica planetaria ciega y que se autoencamina únicamente a satisfacer los intereses de los poderosos.
Nos estamos movilizando frente al cambio climático porque ya sentimos sus terribles efectos. Son visibles.
En cambio, hay otras catástrofes con un mismo origen que no nos movilizan de igual modo, tal vez porque nos afectan de una manera progresiva, artera, casi indetectable. Es el viejo cuento de la rana y el agua que poco a poco va hirviendo.
Un ejemplo es el déficit crónico de sueño.
La economía de mercado, la competitividad, la productividad, el capitalismo en suma, ha logrado generar una verdadera epidemia global de insomnio.
Existen datos muy llamativos sobre la reducción del tiempo de sueño entre los adultos norteamericanos, por ejemplo. A principios del siglo XX, por extraño que parezca, la media de sueño de un adulto en cada noche era de diez horas. ¡En la actualidad apenas si llega a las seis horas y media!
Si nos fijamos en el país vecino francés, los datos son igualmente alarmantes. Allí se consume cada año 117 millones de cajas de anxiolíticos y consta que uno de cada 7 franceses consume benzodiazepinas al menos una vez al año.
Pero aún es peor la situación en España, que ocupa el quinto puesto de Europa en consumo de ansiolíticos y el segundo en consumo de hipnóticos o somnífereos.
¿Quién nos ha robado el sueño? Tal vez los mismos (o lo mismo) que nos ha robado los sueños: un sistema implacable que nos empuja sin descanso hacia la productividad, el consumo, la competitivdad. O el conjunto de respuestas más bien: el aumento del trabajo nocturno, los ruidos urbanos, el stress, la precariedad, la búsqueda implacable del mayor rendimiento laboral a cualquier precio (como nos recuerda la reciente sentencia del TS que ha puesto de manifiesto el vergonzoso artículo 52 del malamente reformado y vigente Estatuto de los Trabadores, según el cual un trabajador solo pueden enfermar por cáncer o enfermedad grave, si no quiere correr el riesgo de un despido improcedente…).
El sistema, si, ha conseguido crear una sociedad enferma y, sobre todo, insomne. Una sociedad tan vigilada como vigilante. Con unas luces siempre encendidas que no nos dejan ni dormir, ni soñar ni ver las estrellas.
Cuando hace doscientos años entraba la Humanidad en el Siglo de las Luces, se diría que iban a desaparecer para siempre las sombras. No desaparecieron. Desapareció solo la sombra.

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