Son tiempos de furia. Son tiempos de necios. Y son tiempos, sobre todo, de palabrería vacua y de mucho ruido.
Palabrería vacua, ruido, furiosa violencia ciudadana y necedad tras necedad en boca de los prebostes y prebostillos incompetentes.
Todo esto se sintetiza en una preciosa palabra de la lengua catalana, aldarull, que significa precisamente algarada, griterío, ruido insoportable, pero también charlatanería, cuentos falsos, relatos manipulados…
Pues sí. Todo eso significa aldarull, magnífico vocablo. Y es precisamente el que están utilizando los medios de comunicación, pese a que la lengua catalana ofrece amplios recursos en la sinonimia: avalots, bullangas, rebomboris, batibulls…
Pero ocurre que que aldarull es palabra de origen árabe (pese a la hipótesis de Corominas, que la vincula a la idea de alegría, mediante la conexión con alleluia, de origen obviamente hebreo) y es uno más entre muchos mozarabismos relacionados con la voz árabe hadr, parlotear. Aldarull, tal como demuestra Federico Corriente (quien fue titular de la cátedra de estudios islámicos de la Universidad de Zaragoza) es una deformación, con el sufijo romance habitual «ull«, de aladroc, que significa grande de boca, y por extensión anchoa.
También tenemos en castellano aladroques, por supuesto. Y con esa palabra nuestra nos referimos a veces a la fritura de pequeños boquerones. Aladroque es palabra que lo mismo leemos en los Episodios de Galdós que escuchamos a los pescadores de Cartagena cuando hacen la subasta al amanecer.
Así que, sí, en efecto, aldarull está muy bien usado por los periodistas de lengua catalana. Porque lo resume todo. Aldarull es la furia urbana, la necedad, la vacuidad de las palabras, la obsesión por el relato y el cuento con el que seguir engañando a los ingenuos, y sobre todo este ruido ambiental y mediático incesante que silencia todo lo que de verdad importa (como el drama del paro juvenil, la degradación del medio ambiente, el negro horizonte de las pensiones, la derogación de la ley mordaza o de la reforma laboral, el crónico e infame descuido público de la organización judicial o la insoportable corrupción generalizada de la que para empezar se benefician por sistema las formaciones políticas).
A Shakespeare le hubiera encantado conocer esta hermosa palabra catalana, aldarull. Y acaso le hubiera venido aldarull a la mente cuando ponía en boca de Macbeth, en el momento en el que Seyton le informa de la muerte de la reina, esos versos tan conocidos que nos hablan de sombras andantes, de malos actores que se agitan y pavonean y, en fin, de un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que nada significa…

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