Una leyenda de la antigua China nos cuenta que en el tiempo del Emperador Quian Long, sus consejeros debían someterse a una dura prueba final antes de pasar al servicio del Señor del Cielo.
La prueba última y definitiva consistía en resistir cien latigazos sin la menor queja.
Pues bien, uno de los candidatos, que era un joven y prometedor mandarín, resistió ese castigo de los cien latigazos con notable temple, y al terminar, tras recibir el centésimo azote, tan grande era su ansia de ocupar el cargo ansiado que no pudo evitar proferir un alarido de triunfo y pronunciar la expresión de su triunfo.
– ¡Ahora ya soy consejero del Gran Señor!
–Lo habrías sido tan solo con que te hubieses callado–le respondieron inmediatamente.
Existen dos interpretaciones de la fábula. Una de ellas nos habla de la importancia del autodominio en los que se dedican al arte de gobernar. Pero la otra interpretación, tal vez más sutil, se limita a subrayar la importancia suprema del saber callar.

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