Me llega un mensaje sobre un estudio que dice que los españoles estamos muy satisfechos con nuestra vida. Hace un mes llegaba otro que decía que estamos en la cola de la felicidad declarada. Y hace un año se publicó otro que decía que estamos en cabeza.
Pero ¿cómo podemos aspirar a medir la felicidad mediante simples declaraciones subjetivas? ¿Qué es la felicidad para mí? ¿Qué es para tí? ¿Cómo entiende cada individuo lo que es dicha y lo que es desdicha? Resulta casi imposible.
Y esta imposibilidad no solo se da en relación con la felicidad, sino con casi todas las valoraciones sobre sensaciones subjetivas.
¿Podríamos llegar a saber si los franceses son realmente más honrados que los belgas mediante un cuestionario que les haga una pregunta al respecto? ¿Nos fiaríamos de ese dato para comportarnos con más o menos precauciones comerciales en uno u otro de los dos países?
Es ridículo pensar que se puede objetivar mediante una pregunta directa algo como la felicidad (o la honradez, o la ansiedad, o la generosidad, o el amor…)
A no ser que se utilice el ingenioso sistema de Linda Bartoshuk, de la Universidad de Florida. Esta profesora creó un método consistente en combinar lo objetivable con lo no objetivable. Bartoshuk pregunta primero, por ejemplo, cuál es la luz más intensa que la persona ha visto jamás. Supongamos que le responden que es la luz del sol. Seguidamente, Bartoshuk pregunta como se siente la persona de feliz en una escala de 1 a 100…en relación con la intensidad de esa luz del sol que es la más intensa que ha visto jamás.
Esta ingeniosa mezcla de lo objetivo con lo subjetivo puede parecer extraña, pero es el instrumento que permite acercarse mejor a una objetivación de las sensaciones personales.
Y aún así, no hay manera. Con respecto a la felicidad de la que nos hablan todos esos estudios que los periodistas divulgan sin mucho cuidado, no nos vamos a poner de acuerdo. Mi estado de dicha o desdicha es solo mío. Lo que yo diga respecto a él, la forma en que lo valore, los calificativos que yo le asigne, son personales e intransferibles. Y así con casi todo.
Se atribuye a Freud el criterio de que es feliz y sano mentalmente quien ama, trabaja y duerme. Tal vez sea eso lo único que podemos medir realmente.

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