Me pregunta Mercedes por la frase “nadie es profeta en su tierra”, con la que titulé la publicación del otro día. No acaba de entender ella por qué ha de ser tan difícil ser profeta, o héroe o estrella, y al mismo tiempo “jugar en casa”. 

El origen de la frase nos podría llevar hasta el Evangelio de Mateo (también aparece la idea en Marcos y en Lucas). Allí se nos cuenta que los habitantes de Nazaret (es decir, la “tierra” del nazareno), a dónde había viajado Jesús, se extrañan y ofenden mucho (ekplessesthai) de que ande impartiendo doctrina alguien a quien ellos han reconocido como un simple vecino del pueblo (“¿acaso no es este el hijo del carpintero y de esa mujer llamada Mariam y acaso no son Jacobo y Iosef y Simon y Judas sus hermanos…?“)

Entonces, Jesús se lamenta con amargura: “¡en ningún lugar se niega el honor al profeta si no es en su propia patria!” (“ouk estin profetes atimos, ei me en te patridi”). Y dicho esto, Jesús se marcha por el foro, negándose a hacer milagros, ante tanto desprecio de sus paisanos…no echemos perlas a los puercos…

Esto es lo que leemos en los textos evangélicos. Tal vez, los autores de esos textos querían evocar el tradicional maltrato, incredulidad y retirada del honor (atimos) que los profetas judíos recibían normalmente de su pueblo. Aquellos profetas de Israel eran esencialmente unos “outsiders” y por lo tanto, ese nuevo y definitivo profeta que era Cristo debería padecer la misma suerte para que, de alguna forma, se cumpliesen también en esto las escrituras, y se hiciese válida la profecía de Isaías que anunciaba un Mesías futuro despreciado y deshonrado por los hombres (o sea, por los judíos).

Sin embargo, el sentido que ha adquirido en el acervo común cultural eso de “nadie es profeta en su tierra” es diferente y a mi juicio mucho más interesante. Se trata de señalar con la frase que incluso los más grandes de los hombres son pequeños cuando se conocen sus intimidades (obviamente esto no es coherente con el pasaje evangélico, sino más bien opuesto).

A partir de este sentido, la frase evangélica adquirió una forma diversa que echó raíces: “no hay gran hombre para su ayuda de cámara“. La primera referencia a esta formulación se debe a una leyenda sobre Antígono, el general de Alejandro Magno, a quien algún pelota le calificó de Hijo del Sol, con ocasión de su coronación en Atenas, una vez muerto el conquistador macedonio. El diadoco tuerto, en un arranque de admirable humildad, respondió diciendo que su mayordomo no era consciente de que él fuese el Hijo del Sol…

La frase sobre el héroe (o gran hombre) y el mayordomo (o ayuda de cámara), se fue convirtiendo en un lugar común de la cultura occidental, y un socorrido recurso para expresar que, después de todo, no existe una gran diferencia entre los grandes personajes y los más humildes, todo es una simple cuestión de conocer o no conocer las interioridades. Hay algo de espíritu democrático en esta idea…

Sin embargo, Hegel en Fenomenología del Espíritu (y más tarde hace lo mismo Carlyle) usa la frase en un sentido opuesto, es decir, cargando las culpas no en el héroe, sino en el villano. El mayordomo de Hegel no reconoce en su amo a un héroe porque su mente es pequeña. Es un mindundi, nos dice el filósofo alemán, que rehusa reconocer al héroe en su amo no porque su amo no sea un héroe, sino porque él es y será siempre un mayordomo…Intuimos aquí ya el horizonte de horror que desatará el supremacismo teutón, no poco inspirado en el dichoso idealismo hegeliano. El mayordomo hegeliano es el pueblo herere al que exterminó el padre de Goering en Africa Oriental, o los judíos de los crematorios, o los millones de “infrahombres” eslavos que murieron de hambre y abandono en los campos de prisioneros de la Rusia ocupada por la Wehrmacht…

Así que esa frase que Mercedes me pedía que le explicase, nos lleva a un laberinto de interpretaciones contrapuestas. Una primera interpretación nos remonta a los profetas judíos malqueridos por su pueblo. Una segunda interpretación nos proyecta hacia una especie de idea igualitaria que quiere ver a todos los hombres en un mismo plano, ya sean monarcas o villanos. Y una tercera interpretación nos habla de la mentalidad rencorosa y resentida de los hombres vulgares que, según nos dice Hegel, no son capaces de reconocer la grandeza a no ser que la vean revestida de toda su pompa, sus ropajes y sus medallas.

Tres interpretaciones distintas y una absoluta confusión de ideas. 

Mercedes sabe que se expone a eso cada vez que me pregunta por algo mínimamente enjundioso.

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