Se diría que cada vez que el ser humano trata de extender su mirada hacia adelante, sobrepujándose a sí mismo, acaba volviendo a lo más remoto de sus origenes. Este recorrido circular parece darse en todos los ámbitos, desde el arte contemporáneo, que en tantos aspectos se siente primitivista, hasta la organización social, que aspira a hacernos más libres, más sabios y más felices insertándonos en complejas redes de comunicación, siendo así que nos hace tan siervos, ignorantes y superficiales como lo fuimos en los peores momentos de un lejano pasado. O quizá más.

También la literatura o el cine muestran este enorme peso gravitacional de las raíces. Ese peso que lleva al creador hacia lo más profundo del fenómeno humano, justo cuando cree estar lanzando su creación hacia lo futuro y desconocido.

Hace unos seis años, se estrenó Gravity, una muy premiada película de ciencia ficcción que parecía querer transportarnos hacia el lírico mundo de la conquista espacial, pero que en realidad, se centraba en el drama intemporal de la maternidad y nos mostraba, acaso como lo hubiera hecho el mismísimo Eurípides, a una mujer anímicamente anclada, igual que un satélite en órbita gravitatoria, en la tragedia irreparable de la pérdida de su hija. 

Más aún, en Gravity, el relato cumplía con todos los requisitos que Campbell y Propp identificaron en las narraciones que venimos escuchando y transmitiendo los humanos desde el neolítico: la llamada de la aventura, los compañeros del viaje, el trayecto más allá de las fronteras, la pérdida de toda guía, la aparición del monstruo o enemigo insuperable, el sabio anciano que nos aconseja, la recuperación de la conciencia y el sentido de la misión, el renacimiento, el final feliz…Todo eso, punto por punto, estaba en Gravity.

Y todo eso, punto por punto, está en Ad Astra, la recientemente estrenada película de ciencia ficción que también parece que nos quiere transportar hacia un futuro, siendo así que en realidad nos lleva directamente al patio donde jugábamos de niños.

Porque si Gravity nos mostraba el peso de la maternidad frustrada, haciendo de Sandra Bullock una especie de Niobe petrificada por la pérdida y el dolor, Ad Astra nos traslada al eterno conflicto entre padres e hijos, al llamado mito de sucesión, eso que quizá constituye el primer tópico narrativo de toda la literatura y mitología occidental. 

Hesíodo nos cuenta en su teogonía que el primero de los dioses, Urano, el dios nacido de ese bostezo cósmico que era el Caos, abusa cada noche de su esposa Gaia, y aborrece a los hijos que sin descanso va generando. Con la complicidad de su madre, el más joven, fuerte y ambicioso de sus vástagos, llamado Crono, atrapa a su padre Urano en una emboscada y lo castra, lanzando sus testículos al mar. 

Pero, ay, Crono a su vez es tan cruel con sus hijos como su padre Urano lo fue con él y sus hermanos. Y tal como sugiere su nombre, Crono solo aspira a detener el paso del tiempo y cerrar el paso a las nuevas generaciones. Por ello, devora sistemáticamente a la prole que la sufrida Rhea (la que fluje, la que menstrua) le va dando. 

Crono, sí, devora a sus hijos, con la misma sistemática precisión con la que el Tiempo mismo va devorando la vida de los mortales. Pero uno de esos hijos de Rhea, el gran Zeus, se salva del crimen parental, se esconde en Creta y un día, según nos cuentan los poemas Orficos, ese hijo, llamado a ser el Señor del Olimpo, conseguirá encerrar para toda la eternidad a su padre en la Cueva de Nix, la oscurísima caverna de la Noche, tan oscura como el espacio vacío del Cosmos.

En la nueva película, el personaje encarnado por Brad Pitt, cual moderno Telémaco, también inicia un largo viaje en busca de un poderoso padre que en realidad no amó nunca a su esposa ni a su prole, a quienes abandonó un día sin piedad. Un padre al que el hijo se ve forzado a intentar destruir y que se encuentra precisamente justo más allá de Saturno, es decir el planeta y el dios que en la mitología romana representa al griego Cronos.

Es un viaje el del Comandante McBride que, reitero, reproduce punto por punto los elementos del héroe de las mil caras de Campbell que más arriba he citado. Un viaje que culminará con el renacimiento del hijo y con el padre vagando para siempre en esa inmensa Gruta de Nix que es el espacio estelar.

Y, por si quedase alguna duda sobre la profunda vinculación de la película con uno de los conflictos más intemporales del fenómeno humano y de su transunto literario, la han dado en titular Ad Astra, lo que nos evoca el poema dramático de Seneca en el que se nos relata el descenso interior de un héroe (Hércules) hacia el infierno de la depresión y la locura, y su esforzadísimo ascenso de vuelta a las alturas de la razón. Una de de las frases del poema sintetiza de forma bellísima toda la temática del poema: “No es fácil el camino del hombre desde la tierra hasta las estrellas” (“Non est ad astra mollis e terris via“). Esta frase del sabio cordobés se popularizó en el medievo bajo la forma del conocido dictum “ad astra per aspera“, “hacia las estrellas a través de las dificultades”, una frase que, mira por donde, figura en el disco de oro que la Nasa incluyó en el Voyager para hacer su Gran Tour por el sistema solar, junto con otros mensajes, dibujos, música y demás testimonios de la especie humana.

Así que “Ad Astra“, nos lleva desde la Teogonía de Hesíodo a la carrera espacial, de la mano de una clave eterna del ser humano, que no es otra sino el inacabable conflicto intergeneracional.

Es una hermosa expresión latina que, remitiéndonos lo mismo a Virgilio que a Séneca, Lucano o a los ingenieros de Cabo Cañaveral, resulta por tanto una óptima elección para titular este nuevo estreno cinematográfico que, bajo la apariencia de un viaje a las estrellas, nos lleva directamente a nosotros mismos. Como toda verdadera obra de arte.

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