Ya se sabe que la imprenta comenzó con la Biblia en alemán de Gutenberg. Pero la traducción impresa del Corán al latín no tardó mucho en llegar, de manos del editor suizo Johannes Oporinus.

Lamentablemente, en 1542, las autoridades de Basilea se apresuraron a prohibir esa versión impresa del libro sagrado de los musulmanes y ordenaron confiscar los ejemplares disponibles. 

Lutero protestó con energía frente a la medida censora, pues consideraba que nada mejor para descalificar el islamismo que dar a conocer y divulgar, mediante la publicación su libro sagrado, la cantidad de aberraciones que a su juicio contenía la religión de Mahoma: “¡para honrar a Cristo, para hacer el bien a los cristianos, para perjudicar a los turcos y fastidiar al diablo, liberad ese libro y no lo retengáis!”

Quizá, Lutero se refería, entre otras cosas, a nociones como el extraño paraíso de los musulmanes, para quienes la felicidad de los bienaventurados consistiría esencialmente en retozar indefinidamente con atractivas huríes rubias; seres que ni siquiera serían humanos, sino más bien una especie de robots o criaturas con mera apariencia de mujer (tal como se especifica en el Corán). 

Pasar la eternidad en medio de esa holganza sexual interminable con algo así como muñecas hinchables perfeccionadas puede ser, lo acepto, una idea de la felicidad completa. 

O puede no serlo, y con no menor probabilidad. 

Acaso Lutero lo intuía.

Nosotros también podemos justificar nuestras dudas. 

Bastaría pensar en el sultán otomano Osmán III, el todopoderoso señor que gobernó el imperio turco a mediados del siglo XVIII. No durante muchos años, la verdad.

Este sultán, antes de llegar al trono, había pasado la mayor buena parte de su juventud y madurez encerrado a la fuerza en el descomunal harén de Estambul, rodeado de hermosas odaliscas y exhuberantes concubinas. Y tal vez a consecuencia de esa larguísima estancia entre beldades (una estancia que se nos antoja muy parecida al cielo musulmán) este sultán desarrolló una especie de aborrecimiento hacia la mujer. 

Así es. Su rechazo hacia lo femenino era tan intenso e insuperable que decidió calzar siempre zapatos con suela de hierro, a fin de que sus pasos se escucharan desde lo profundo de los pasillos del palacio de Topkapi y les diera tiempo a las féminas a evitar cruzarse con él. Clan, clan, clan y todas salían corriendo con sus velos y tafetanes al aire…

Lutero no vivió para conocer esta curiosa particularidad de tan raro Señor de la Sublime Puerta, pues murió el reformador casi un siglo antes de que el maniático autócrata otomano naciese. De no ser así, seguro que Lutero le hubiese sacado punta al asunto. Pues bueno era él.

Aunque tal vez algún sesudo teólogo musulmán le hubiera contestado al díscolo monje agustino diciendo que en el cielo cristiano ni siquiera existiría el consuelo de esas huríes robotizadas del Jannah o jardín del edén musulmán, pues tal como se indica en el Evangelio, en el paraíso de los cristianos no hay lugar para las esposas.

Al menos eso es lo que se deduce en el Evangelio de San Marcos donde, a preguntas tramposas de los saduceos (de aquí la magnifica expresión “trampa saducea” que felizmente introdujo en el lenguaje español el astuto Fernández Miranda) Jesús aclara que en el cielo no habrá casados ni casamientos (oute gamousin, oute gamizontai), sino que todos serán como ángeles (y por tanto asexuados, añado yo). Tal cual.

O sea, que estamos prácticamente en las mismas. 

A mí no me acaba de convencer ninguna de las dos opciones. Lo digo sin pretender ser irreverente, ni mucho menos.

Y, por ello, a veces pienso que lo verdaderamente interesante es el modelo de reencarnaciones indefinidas de los hinduistas, en las que tu futuro avatar mejorará tu vida actual si es que te lo has sabido ganar con buenas acciones. 

Pero no se. Me aterra la idea de que algo salga mal y yo me acabe convirtiendo en coliflor, pongamos por caso…

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