¿Por qué llaman con un nombre tan tonto como “quitameriendas” a esas florecillas que crecen en la dehesa cuando se acerca el Otoño? Se suele decir que el nombre se debe a que cuando aparecen ya empieza a hacer frío, y no se puede merendar en el campo…

Pero esta es una explicación poco plausible. Mi amiga Cristina, que pasea conmigo entre “quitameriendas”, lo duda, y me dice que además la gente no se dedica a merendar en el campo con tanta asiduidad como para que a ciertas florecillas se les endose el sambenito de marcar el final de temporada de tan ociosa práctica. Además, lo de merienda le suena a palabra demasiado moderna, veraniega e infantil, con resonancias a colacao, nocilla o pan con chocolate…

Tiene razón Cristina en la primera de las objeciones. No tanto en la segunda.

Merienda, o más bien su antecedente latino, es palabra de muy antiguas raíces. Aparece por ejemplo en San Isidoro de Sevilla, quien nos explica que la merienda es algo así como una “antecena” y que merendar es como comer cuando el día ya está mediado (…item merendare quasi meridie edere…).

En esas palabras está la clave del significado original de la merienda y tal vez de la justificación del nombre de la florecita.

La merienda era una especie de gratificación voluntaria, en forma de piscolabis, que el amo ofrecía a los obreros cuando los días de trabajo, como ocurre en verano, son demasiado largos. La idea era que se pudiese alargar con ello algo más la jornada laboral. Y la palabra merienda se utilizaba porque el amo pretendía darle al mínimo condumio un carácter de premio o incentivo. Merienda está relacionada con la idea de partir, repartir o asignar (el griego meiromai) y por añadidura con la noción de merecer (merere en latín), porque si lo miras bien, el merecimiento no es sino el derecho a recibir la parte que a uno le corresponde (toda justicia es en esencia justicia distributiva).

Entonces, cuando se acerca el Otoño, los días se hacen más cortos. Y ya no resulta ni oportuno ni preciso que el patrón gaste recursos en dar de merendar a los campesinos a su servicio. Así que a los braceros les bastaba ver florecer estas colchicum autumnale, como el propio Linneo las denominó (le llamaba mucho la atención al taxónomo sueco el fuerte olor a chivo que despiden estas plantas) para saber que la gratificación alimenticia del amo tocaba a su fin. Total, les diría el amo, si ya enseguida vais a cenar…

Esta y no otra es la razón de que llamemos a estas florecillas quitameriendas, que llamaban mucho la atención a Unamuno por ejemplo. El sabio vasco las calificaba de “deleznables” en el famoso discurso del teatro de La Zarzuela, en 1906, pero luego las ensalzaba con lirismo en un bello poema. Y en ambos casos justificaba Unamuno sus antitéticos sentimientos en el hecho que esta flor parece que empuja desde el interior de la tierra, cerril y obstinada como lo peor y lo mejor de Castilla y lo castellano, hasta surgir sin tallo en el páramo sin otro apoyo que sí misma. He aquí todo un ejemplo de la mentalidad agudísima, genial y contradictoria de Don Miguel…

A mí no me parecen por ningún concepto deleznables estas flores de los “campos ceñudos” y que muestran una “tenacidad paciente“. Pero el origen de su nombre, que evoca, frío, trabajo duro y manipulación laboral, no me acaba de gustar, la verdad.

Y me inquieta que sean tóxicas y no huelan nada bien. Como la explotación.

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