Se celebra estos días el juicio por un crimen ocurrido hace algo más de un año. Un crimen cuya cobertura periodística parece que hizo emerger ante la opinión pública una cierta idea del Mal en su forma más pura y odiosa.

Hablo del tema con Marta, que acaba de volver de un largo viaje. Al hilo de este asunto tan tristemente “mediático”, me pregunta ella dos cosas muy diferentes pero relacionadas. 

¿Por qué el hombre siente tan a menudo ese impulso hacia el mal?. 

¿Existe, por otro lado, algo así como el Mal en abstracto, algo como un principio oscuro y maligno que acecha la convivencia de los humanos?

Me atrevo a contestarla con brevedad, aun siendo consciente de que el problema del Mal es el rompecabezas insoluble que ha enredado desde hace miles la mente de los filósofos y los teólogos y de que el misterio del mal estrictamente humano es una parte particularmente complicada de ese problema general.

Para empezar, le digo que a mi juicio, toda la maldad de los hombres está relacionada con una herencia de nuestro pasado animal y constituye un recuerdo, si se quiere, de estadios evolutivos precedentes. El capitalista de asalto o el asesino en serie no son sino el eco a través de los milenios de aquel remoto cerebro reptil que impulsaba al dominio y a la destrucción del competidor como mecanismo de supervivencia. 

El fiero animal que está dentro de nosotros subsiste posiblemente agazapado en el mesoencéfalo de nuestro cerebro, mientras que la parte puramente humana nos conduce a la mucho más reciente corteza cerebral; acaso a su parte frontal. Sydney Brenner ha escrito mucho sobre esto.

En cuanto a la idea abstracta del Mal es casi seguro que fue una de las primeras consecuencias o expresiones de la llamada revolución cognitiva, ese trascendental acceso por parte de nuestra especie al potencial inmenso del pensamiento simbólico, que tuvo lugar hace unos 70.000 años.

La creación simbólica del Mal como ente abstracto nos ayudó como especie. La elaboración de una idea compleja del Mal es la que hizo posible que los homo sapiens del paleolítico medio se relacionasen con los peligros y amenazas de una manera mucho más compleja y perfeccionada que la mera y elemental huída ante el grito de pánico de un semejante.

Al mismo tiempo, la existencia del Mal en abstracto, o más bien la creencia colectiva un ser superior capaz de neutralizar esa idea abstracta del Mal, facilitó la integración de los grupos sociales, reduciendo la violenta dinámica de escisiones generada por la continuada aparición de nuevos aspirantes al puesto de macho alfa.

Con grupos sociales más amplios y compactos, y con la hegemonía del macho alfa atemperada por el temor a un ente punitivo, la especie humana pudo iniciar un cierto camino de progreso cultural, económico y tecnológico. Valter Tucci ha explicado y justificado esto mucho mejor de lo que yo pueda hacerlo.

–Entonces, va a ser que nos inventamos la metafísica por razones de subsistencia–me replica.

Más o menos. A lo mejor es eso lo que intuyó Cervantes en el famoso diálogo entre Babieca y Rocinante, cuando el famélico rucio del Caballero justifica sus pensamientos metafísicos en el poco forraje que le da su amo. 

–Sí. Aquello de “metafísico estáis…“, “es que no como”.

Exacto. Y para terminar, le digo a Marta, que la clave es intentar comprender tanto el mal como fenómeno como el Mal puramente metafísico en función de nuestra específica historia evolutiva. 

¿Le satisface mi brevísima explicación? 

Me temo que no. Se queda ella muy pensativa. Y tal vez no puede ser de otro modo.

Se queda ella pensando y con la mirada triste. Con esa mirada callada que me recuerda el silencio pensativo del Francisco de Rubén. 

Aquel terrible lobo de Gubbia, convencido primeramente por las dulces palabras del de Asís para aplacar su ferocidad con los hombres, acaba al final volviendo a las andadas, ante la estupefacción del santo.

En nombre del Padre del sacro universo, conjúrote, oh lobo perverso a que me respondas: ¿por qué te has vuelto al Mal?

El lobo explica a Francisco que tan pronto “se hizo bueno”, le apalearon los hombres, abusaron y se burlaron de él. Así que en sus entrañas revivió la fiera. 

Y es entonces cuando, según nos dice Rubén, el santo de Asís calla. Y mira al lobo con una profunda mirada. Y parte con lágrimas y con desconsuelos…

Y el viento del bosque se lleva su oración…

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