Comento con un amigo la triste noticia. Han encontrado sin vida en un lugar bellísimo del Guadarrama, que conozco y frecuento, no lejos del famoso Mirador de los Poetas, a una persona célebre por sus éxitos deportivos. Nada bello ni poético.

No está claro si se trata de algún tipo de accidente o de un suicidio. 

Sería mucho mejor, digo, que fuera lo primero, porque es bien conocido el “Efecto Werther”, según el cual cuando un famoso se quita la vida, sirve de modelo a muchas más personas. Y este terrible efecto se da ahora más que nunca, en estos tiempos tristes en los que cualquier cretino se puede convertir  en “influencer” y arrastrar en su estolidez a los miles de “followers” que, como mitológicos leminis, ven en el sinsustancia un modelo a imitar.

Sí. Mucho mejor que haya sido un accidente. Que no hay sido un suicidio, que no haya sido un caso más de esa lacra que acaba con más vidas en el Primer Mundo que los percances de tráfico, y que en Occidente ocasiona la muerte de una de cada cuarenta personas (algo más de un millón de suicidios al año tienen lugar en este raro planeta).

Accidente, suicidio…Quién sabe. 

Pero tal vez existe una tercera posibilidad. Una posibilidad que vincula extrañamente ambos supuestos.

Porque, no pocas veces, un accidente esconde, bajo el velo de la fatalidad, una muerte buscada de forma inconsciente. 

El sujeto, en medio la negrura de la depresión o la desesperación, crea, quizá sin darse cuenta, las condiciones que propician el siniestro. Y, de una manera u otra, lo provoca. Son los llamados “suicidentes”. 

Hay quien cree que muchos más accidentes de los que pensamos, han sido en realidad suicidentes.

Los suicidentes, se sabe, ocurren con más frecuencia en días de cumpleaños, en medio de eso que se denomina los “birthday blues”. 

De hecho, un estudio reciente realizado en Japón, a partir del análisis de más de 2 millones de fallecimientos, ha probado que la llegada del día de cumpleaños incrementa en un 50% el riesgo de suicidio.

Así que, teniendo en cuenta este asombroso incremento y constatando que el suicidio es la principal causa de muerte entre los adultos de 25 a 50 años, cabe pensar que no hay nada más peligroso que cumplir años.

Pero eso ya lo sabíamos, después de todo. 

Vivir resulta ser una enfermedad mortal de necesidad. Y, por ello, con respecto a las velitas de esas tartas, se puede decir lo mismo que la inscripción clásica de muchos de los viejos relojes de sol cuando, elípticamente, se referían a esas horas que nos van hiriendo una tras otra, hasta que llega la última, que es la que nos aniquila…vulnerant omnes, ultima necat.

¡Ah! ¡cómo me ha dejado de melancólico la noticia de esa deportista fallecida en los parajes que a mí me dan la vida!

Pero me propongo neutralizar esta melancolía con las horas de largo y dichoso paseo con amigos, por el Valle de Rascafría, que me esperan en esta mañana de sábado casi otoñal. 

Caminar cura el esplín.

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