Marta y Mercedes están en Miami, y, al contrario de lo que a mí me ocurre, no parece importarles mucho la proximidad, apenas a 100 kms en estos momentos, del que se considera el mayor huracán del Atlántico conocido hasta la fecha. 

Hablo con ellas a menudo. Me dicen que me tranquilice y si acaso que les cuente, a través de estas páginas, algo sobre los huracanes. 

Pues no se que decirles. La preocupación me atenaza. No estoy para literaturas, por más que haya pocos temas tan literarios como los huracanes, como atestiguan incontables páginas, desde Melville a Conrad o Tanizaki. “No hay pluma para describirlo ni lengua humana que pueda expresarla, ni pensamiento capaz de concebirlo…” escribía Defoe refiriendo al ciclón atlántico que barrió las costas de Gales en 1793 y que en Cornualles se vio como la indudable llegada del Día del Juicio Final.

Si yo estuviese más tranquilo les diría que para los antiguos griegos no había monstruo más feroz que los huracanes, tal vez por su inmaterialidad y por sus colosales dimensiones, que según los griegos, cubrían el mundo de una parte a otra. De hecho, Zeus, según nos cuenta Apolodoro, es derrotado por Typhon, el monstruo colosal con forma de serpiente, creador de los vientos huracanados, y que le disputaba la hegemonía sobre el Cosmos. Solo el auxilio de Hermes salva finalmente al padre de los dioses. A su vez, cuando Zeus trata de castigar a Prometeo, comienza por desencadenar contra él un terrible huracán, tal como nos cuenta Esquilo: “…muge el eco del trueno, relámpagos fulguran encendidos, torbellinos agitan tolvaneras, soplos de todos los vientos saltan unos contra otros anunciando una lucha de hostiles alientos, se mezclan confundidos el cielo y el mal, tal es el ímpetu de Zeus intentando asustarme

Esos griegos llamaban al huracán ciclón, κυκλῶν, es decir, “circulante” o “circular”, y esto es algo que entendemos bien cuando los meteorólogos de la tele nos muestran esos dichosos mapas de satélite que tanto me preocupan y que nos muestran un vórtice gigantesco con un enorme ojo en el centro.

Tanto en el nombre como en la calificación de peor monstruo imaginable, los griegos, como siempre, tenían toda la razón. En una escala global, los huracanes, ciclones y tifones, junto con las inundaciones que desencadenan, son los más dañinos de los desastres naturales. Y la cosa, al parecer, va a peor a medida que avanza el siglo. El huracán, junto con el mosquito, parece ser el peor enemigo del género humano, visto el tema con perspectiva histórica (yo añadiría la música rap, pero esto ya es muy subjetivo).

Sin embargo, como todo en la vida, les digo a mis hijas, hubo al menos un huracán al que debemos agradecerle algo. Es el huracán que pintó Turner y en el que se representa, en medio de una terrible tempestad, el Zong, un barco holandés de negreros. 

El Zong se hizo famoso porque se supo que su capitán, en las costas de Surinam y ante el huracán que se avecinaba, decidió aligerar la nave y lanzar sin más por la borda a su cargamento de más de un centenar de esclavos, incluidos mujeres y niños. El muy miserable justificó su crimen indicando que la pérdida del cargamento no supondría un gran problema económico para el armador pues le constaba que la carga había sido parcialmente cubierta por un estupendo contrato de seguros. 

El asunto del Zong y su “mercancía” asegurada arrojada sin más por la borda trascendió. Y la opinión publica en el Reino Unido se activó de tal modo que se considera que aquel terrible suceso del Zong fue una de las claves para la abolición de la esclavitud por parte del Imperio Británico, algunas décadas después, en 1808.

Les invito a Marta y Mercedes a informarse, mientras esperan la llegada de Dorian, sobre esa tragedia del Zong, que trata de huracanes y de absoluta falta de humanidad en el mar. 

Ambos son temas de actualidad.

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