Compungido y somnoliento, me comenta un amigo que está durmiendo cada vez peor. Y no sabe por qué. 

Yo le digo que a menudo es el estrés lo que impide dormir bien, aunque no seamos conscientes de ello y creamos que nos acostamos en medio de la tranquilidad interior más absoluta. 

Pese a esa posible sensación de calma, las inquietudes que nos angustian bullen larvadas en lo profundo y perturban o acortan nuestro sueño. Así está hecho nuestro espíritu.

Le sugiero a mi amigo que pruebe mi truco para calmar las tormentas interiores y dormir plácidamente. Le explico que yo me adormezco siempre con un tipo muy específico de pensamientos. Lo que hago es cerrar el libro de turno, apagar la luz y tratar de evocar mi más remota infancia, tal como lo haría un periodista elaborando un reportaje. Intento  remontarme a los recuerdos más tempranos, cuando apenas tenía cuatro o cinco años. Y lo hago con suma minuciosidad, deteniéndome en los detalles y degustándolos…aquella pared un poco desconchada del pasillo de casa, aquel vendedor de chucherías, pipas y cigarrillos sueltos de la esquina, aquel olor a pan de la tahona, la película de vaqueros a la que mi madre me llevó un día de verano, la estilizada profesora de la clase de maternal del Decroly (mi primer amor sin duda)…

Esta técnica me permite dormirme profundamente en minutos. Y se la recomiendo encarecidamente a mi insomne amigo. 

Yo no se bien por qué funciona. 

Tal vez sea porque el estrés es, en cierto modo, otra forma de llamar a la alienación, al drama de estar fuera de nosotros, fatalmente perdidos en lo que en realidad nos es ajeno. Entonces, volver a nuestros recuerdos más tempranos y sumergirnos en lo que nos ha quedado de aquella infancia tan lejana, es acaso una forma de reencontrarnos con lo más propio de nosotros mismos y de ese modo, neutralizar el estrés para dar paso al sueño reparador.

Por otro lado, no es mala cosa esforzarse por activar la memoria de nuestra niñez. La famosa canción de Dylan nos aconsejaba cuidar de nuestros recuerdos, porque no los podemos revivir (you can not relive them). Pero eso es precisamente lo que sí podemos hacer: revivirlos.

Y adormecernos dulcemente con su evocación. 

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