Se ha publicado este verano una foto en la que se veía una multitud de alpinistas haciendo cola para llegar a la cumbre del Everest. Yo creo que es la foto del año. Porque en cierto modo, representa el comienzo del fin de lo sublime. Para colmo, ayer mismo hemos sabido que el gobierno de Nepal planea construir una carretera que permitirá llegar hasta el campo base cómodamente sentado en un automóvil (eso sí, tendrá que ser eléctrico, según han dicho).

Kant, contemporáneo y admirador de la primera ascensión al Montblanc, relacionaba la idea de lo sublime con la contemplación de las grandes montañas, que inicialmente nos espantan, pero que inmediatamente consiguen elevar nuestro alma, más allá del miedo o escalofrío inicial.  

Pero si incluso en la cima del Everest se forma una cola como la que sufres en la caja del hipermercado o en la taquilla del cine, esa sublime elevación del espíritu desaparece.

Pensando en el significado profundo de esa desoladora foto de la cola en el Everest, me decidí a subir desde Bourg Saint Maurice hasta la Rosière, y llegar a lo alto del sarcásticamente llamado Petit San Bernardo, por el camino infernal de 31 kilómetros que al parecer abrió Anibal hace siglos. Mereció la pena. No conviene desaprovechar las últimas posibilidades de atisbar lo sublime.

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