A Marta le llama la atención que hayamos visto tantos cipreses a lo largo de los 2000 kms del viaje. Cipreses en las medianeras de las autopistas del Ampurdán. Cipreses en las idílicas casas rurales del Languedoc o la Provenza. Cipreses en las señoriales villas de Como. Y hasta inesperados cipreses en Saló o en San Felice del Becano, flanqueando este inmenso lago de Garda, el milagroso enclave mediterráneo a las faldas del Tirol al que nos hemos venido los cuatro, junto con Mao y el gatito.

A Marta le extraña que el ciprés se asocie a lo mejor de la vida–estas mansiones, estos paisajes bucólicos…–pero también a la muerte. ¿No es eso contradictorio?

No se cómo responderla. No sirve con ella el socorrido recurso de decirle que la muerte y la vida van siempre entrelazadas. Me limito a decirle lo obvio, esto es, que la vinculación del ciprés con la muerte ha de estar relacionada con su perenne verdor (cupressus sempervirens es su nombre taxonómico, que significa precisamente eso, que está permanentemente brotando (virere), siempre verde ). 

También debe influir su perfil estilizado, que parece alzarse hacia el cielo, como el surtidor de sombra y sueño, que inspiró a Gerardo Diego en Silos. 

Lo cierto es que desde el tiempo de los antiguos griegos y romanos, los cipreses tienen un sentido funerario. 

Pero al mismo tiempo, también en la antigüedad clásica, las hileras de cipreses se plantaban en las entradas de las mansiones como símbolo de hospitalidad. 

¿Y por qué precisamente cipreses? 

Pues yo creo que porque el ciprés es un ejemplo de lo que Veblen llamaba consumo conspicuo; el ciprés es un árbol inútil en sí mismo: no da fruto ni sombra. Así que un ciprés bien cuidado viene a ser un perfecto testimonio de abundancia y bienestar. Un ciprés es la versión aristocrática del humilde y popular alamo (esto es, del populous nigra o tremulo, mira por dónde).

A mi no me molestan los cipreses. Y de hecho tengo arizónicas en el jardín de mi casa. Pero yo prefiero con mucho los olivos y las viñas, como estos que vemos aquí mirando el Benaco, en San Felice. Si en un lugar hay muchos olivos y muchas viñas…merece la pena vivir allí.

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