Marta está siguiendo con atención esa especie de guerra comercial desencadenada por Donald Trump. Nunca la he visto tan interesada por la economía mundial.

Anteayer, ella ha leído en un periódico que China ha devaluado su moneda y que Trump, muy irritado, ha dicho que eso exigirá una rebaja aún mayor de los tipos de interés por parte de la Reserva Federal.

Marta me pide que le explique por qué la devaluación del yuan exige o parece exigir un recorte en los tipos de interés en Estados Unidos. Le parece un gran misterio. Y tal vez porque se marcha allá dentro de unas semanas, quiere saber algo más al respecto…

A mí gusta explicar estos aparentes arcanos de la economía monetaria de una manera un tanto imprecisa y heterodoxa pero pedagógicamente eficaz. Siento una especie de sensación de triunfo si consigo aclarar algo que parecía críptico.

Le digo a Marta que piense en un sistema económico de mercado como una relación entre dos grandes entidades. Por una parte estaría la masa de mercancías. Por otra parte tendríamos la masa de dinero. Ambas son entidades dinámicas, en constante crecimiento o decrecimiento debido a diferentes fuerzas o factores económicos.

El “destino” de la masa de mercancías es buscar el dinero (esto es otra forma de decir que los fabricantes buscan consumidores para sus productos). A su vez, el “destino” de la masa de dinero es buscar mercancías (esto es otra forma de decir que los consumidores ansían comprar cosas con su dinero). En otras palabras, las dos entidades se buscan la una a la otra y tratan de acoplarse.

Esta relación entre las dos entidades puede desequilibrarse. Puede ocurrir que la aportación de mercancías al sistema crezca de forma más intensa que la del dinero. O también puede ocurrir que la masa del dinero crezca mucho más que la de las mercancías (tengamos en cuenta que la masa de dinero no solo crece por obra y gracia de la actividad de la Casa de la Moneda, sino también, entre otras cosas, por la actividad crediticia de las entidades financieras, las cuales, prestando, crean realmente dinero.)

Cuando el desequilibrio que se produce es un exceso de dinero respecto a las mercancías del sistema, estamos ante una situación inflacionaria. Por decirlo así, hay pocas mercancías en busca de dinero, y eso hace que el valor intrínseco del dinero disminuya. 

Cuando el desequilibrio se produce por un exceso de mercancías, estamos ante una situación deflacionaria. Hay poco dinero en busca de mercancías, y eso hace que el valor intrínseco de las mercancías disminuya.

Los dos tipos de desequilibrio ocasionan diferentes problemas, que no vienen al caso. Pero es evidente que las autoridades monetarias (y políticas) están permanentemente atentas para evitar que esos desequilibrios no sean excesivos y ocasionen crisis y círculos viciosos.

Cuando Trump ha impuesto aranceles a China, lo ha hecho para evitar el exceso de mercancías respecto a la masa del dinero, en la economía norteamericana. Y cuando Trump exige a la Reserva Federal que recorte los tipos de interés, lo hace con el objetivo de que crezca la masa de dinero, debido a que ese recorte impulsa los créditos y por lo tanto incrementa la masa monetaria. Ambas cosas, aranceles y recortes de tipos, aspiran a cumplir la misma función de equilibrar un sistema económico en el que la producción de mercancías crece desaforadamente sin que la masa monetaria siga su ritmo (es decir, sin que los consumidores respondan con sus compras en la misma proporción).

Ahora bien, si China devalúa su moneda con respecto al dólar, eso significa una entrada masiva de mercancías adicionales en el sistema económico estadounidense, puesto que es ahora mucho más barato comprar productos chinos que antes de la devaluación. Por lo tanto, el sistema vuelve a desequilibrarse, y se hacen precisas nuevas medidas, ya sean nuevos aranceles o ulteriores recortes de tipos. 

–Pues más o menos ya lo entiendo–me dice Marta, tal vez porque ya está aburrida de mi rollo monetario. Pero yo creo que sí lo ha entendido. La economía es mucho más sencilla de lo que parece si nos limitamos a leer los periódicos. Y en realidad no hay nada en el mundo del saber que sea difícil de entender. Solo hay cosas que no se nos sabe explicar bien o que exigen un poco más de tiempo para ser comprendidas. Esto es válido para la economía y para cualquier otra rama del conocimiento.

A excepción, si acaso, de la teología, el montaje de los muebles de IKEA y las artes adivinatorias.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s