Comento con un amigo las tristes noticias de estos días. Por un lado el enésimo tiroteo absurdo en el llamado país de las oportunidades, tan lejano a mí. Por otro lado los no menos absurdos incendios en torno al tesoro natural del Guadarrama, que me es tan próximo.

Al hilo de estos ejemplos de la capacidad del hombre para dañarse gratuitamente a sí mismo o a su casa colectiva, sostiene mi amigo que nuestra sociedad adolece como un todo de un cierto impulso sadomasoquista. Un especie de propensión global hacia el daño gratuito del prójimo y de uno mismo, algo que sería un subproducto de la postmodernidad y del nihilismo material que caracteriza a nuestros tiempos.

Puede ser. Esto del sadomasoquismo colectivo es una idea interesante que habría que explorar con más detenimiento. Explicaría en parte lo que hacemos con nuestros semejantes y con nosotros mismos.

Pero en lo que yo no estoy de acuerdo es en que el sadismo y el masoquismo sean algo propio de la modernidad o postmodernidad. Muy al contrario, ambas formas anómalas de encontrar placer me parecen casi consustanciales al género humano.

Respecto al sadismo, Ovidio, en el Ars Amatoria reconoce que hay un cierto placer que emerge del dolor ajeno (…haec quoque ab alterius grata dolore venit).

El goce en la visión del mal que sufre el otro, eso que los alemanes llaman Schadenfreude, ya está anticipado en el famoso pasaje de Lucrecio, en el que se nos habla de los testigos del naufragio, que disfrutan desde tierra firme contemplando la desgracia de los marinos.

San Agustín, por su parte, en Confesiones, también se pregunta asombrado cuál puede ser la razón de que la gente guste de acudir al teatro para contemplar terribles tragedias, miserias y dolor espantoso, siendo eso algo que le parece sino un “lamentable locura” (quid est nisi miserabilis insania?).

En cuanto al masoquismo, también es algo muy viejo entre nosotros. Metrodoro, citado por Séneca, señalaba que hay un tipo de placer que está próximo al dolor.  Soranos, el médico de Trajano y Adriano, también señalaba que hay gente que, cuando sufre de melancolía por alguna desdicha, si no pueden hacer otra cosa, ordenan que se les azote, pensando que con ello alivian su dolencia (algo que los médicos hacían sistemáticamente con los locos hasta que, a finales del XVIII,  Pinel y Esquirol comenzaron a luchar para proscribir tan horrible práctica de los manicomios).

De forma aún más precisa tenemos una interesante referencia en Pico de la Mirándola. En “Contra Astrólogos” figura un pasaje en el que el autor dice conocer a un persona que, asombrosamente, no se excita sexualmente sin una previa dosis de vapuleo con azotes (homo mihi notus prodigiosas libidinis et inauditas: nam ad venerem nunquam accenditur, nisi vapulet…). Este fenómeno también lo menciona el famoso médico, teólogo y botánico de la Maguncia del siglo XVI, Otto Brunfels, que nos habla de un respetado paciente suyo, un tal Wolfang Steirmester, que no puede hacer progresos con su esposa si primeramente no es azotado de forma apropiada. 

De todo esto se hace eco un siglo más tarde el holandés Meibomius, autor de la primera monografía que se conoce sobre el masoquismo (De Flagellatione usu in re veneria).

Así que sadismo y masoquismo son algo presente desde tiempos remotos.  Quién sabe si además, en nuestro tiempo, se han convertido en algo así como una patología colectiva.

Personalmente, yo creo que sadismo y masoquismo no son más que dos caras de una misma moneda, relacionadas ambas con la culpa sexual.

El masoquista es patológicamente consciente de su culpa sexual. Y se lacera para recuperar un cierto equilibrio.

El sádico lleva esa conciencia enfermiza incluso más allá, culpabilizando al otro por tentarle. 

Si esto es así, acaso el sadismo y el masoquismo no son algo consustancial con el ser humano, sino derivado de un esquema de valores que acaba haciéndonos sentir culpa por la pulsión sexual. Un esquema que quizá surge en un momento determinado de nuestra trayectoria como especie. El momento atroz en que nos hundimos en el horror de la propiedad, el poder, la guerra, la conquista, el dinero. 

Entonces, tal vez, solo tal vez, habría esperanza en que podamos algún día liberarnos del horror sadomasoquista, tanto a nivel individual como colectivo. Y volver a aquella Edad de Oro de la que nos hablaban los antiguos y que Ingres gustó de imaginar como un paraíso de armonía y amor libre.

Si por el contrario, el sadismo y el masoquismo estuvieran profundamente inscritos en la naturaleza humana, tendríamos que resignarnos a soportar la miserabilis insania de la que hablaba el de Hipona.

Un comentario en “Miserabilis Insania.

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