¿Progresa la especie humana?

Nos hacíamos esa pregunta un par de buenos amigos y yo, en el curso de una amable cena. Apenas hace unas semanas.

Yo lo ponía en duda. O al menos no veía razón para afirmarlo de manera muy tajante.

Fernando, que es medio farmacéutico, sostenía lo contrario, y alegaba, como es habitual, los grandes avances en medicina y esperanza de vida.

Yo no creo que pueda juzgarse el progreso de la especie en términos estrictamente médicos. Pero acepto, provisionalmente, el desafío retórico. Y entonces me pregunto si los progresos que como especie hemos experimentado en lo relativo al cuidado del cuerpo han sido paralelos a los que hacen referencia al cuidado o mejora del espíritu.

Creo que no. Puede que tengamos antibióticos y scanners para vivir un puñado de años más. Pero es innegable que desde los tiempos en que éramos recolectores nómadas nos hemos ido transformando en depredadores implacables, violentos, avariciosos, incapaces de vivir unidos, amantes de la guerra y la conquista, destructores de nuestro medio, irresponsables como especie, caprichosamente egoístas como individuos.

Por lo tanto, no me acaba de convencer ese argumento basado en el progreso de la medicina. Ni el de la tecnología, por parecidas razones. 

Y creo que la idea de progreso continuado es un simple apriori sin fundamento.

Porque además, aunque progresásemos como especie en el largo plazo, es indudable que la línea evolutiva debería tener sus altos y sus bajos, por lo que una época no debería necesariamente ser mejor que todas las anteriores. Dudo que los que sufrieron los dos últimos conflictos mundiales puedan aceptar que todo tiempo, por definición, es mejor que el anterior. O los que vieron caer la bomba atómica.

No puedo aceptar sin más la idea de progreso continuado. No mientras el suicidio siga siendo la primera causa de muerte en Occidente en la franja de edad que va de 30 a 45 años. No mientras el infierno de la depresión afecte ya a más de 300 millones de seres humanos en el planeta, y creciendo. No mientras 1 de cada 9 personas pasa hambre en el mundo. No mientras las guerras subsistan en todas las latitudes, desde Afganistan a Ucrania, desde Nigeria a Pakistán. 

No mientras, como ocurrió ayer, a unos pocos kilómetros de mi casa la bárbara mano humana se atreve a dar fuego a un tesoro de la naturaleza y, casi simultáneamente, algo más lejos, unos majaderos racistas y crueles (crueldad, palabra derivada del latín cruor, sangre) masacran, porque sí, a decenas de sus congéneres

Boecio decía que todo hombre es ante todo un animal (animal prius est homine). Pero ningún animal, de ninguna especie, sería capaz de esos crímenes con sus congéneres. O con su territorio.

Domingo negro el de ayer, en el que a uno duda más que nunca del progreso de la especie a la que pertenece, y no le apetece mas que exclamar, resignado, el consabido, ¡oh, Humanidad!

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