Me escribe un amigo para indicarme cordialmente que la etimología que yo he mencionado en el post anterior sobre la palabra cruel, esto es, el latin cruor, sangre, debe ser inexacta, pues, según él ha consultado, nuestro cruel se deriva del latín crudus, crudo, que en sentido figurado acaba por significar cruel, es decir, sin contemplaciones.

Algo de razón tiene. Pero yo no carezco de ella. 

En realidad, cruor y crudus tienen una misma raíz remota, y se relacionan con el sánscrito krura que se refiere principalmente a la carne cruda y y, por añadidura, sanguinolenta. En sentido figurado, ese término, en su derivado latín, termina significando todo lo que no está tratado o procesado y se presenta en su estado más natural. 

El término krura está a su vez relacionado con otros vocablos sánscritos que evocan la idea de cólera (krud) o llanto (krus), lo que da idea de la connotación prioritaria de lo crudo como lo que se está desangrando o sufriendo.

Así que, es cierto, cruel viene de crudo, pero más bien de la acepción de crudo como calificativo para la carne sanguinolenta, recién sacrificada.

Para los antiguos, de algún modo, no podía haber crueldad sin derramamiento de sangre.

Es cierto que entre nosotros, esto no es así. Concebimos muchas formas de crueldad que no implican el despilfarro de la hemoglobina. Incluso sabemos bien que existe la crueldad mental, en la que ni siquiera interviene la violencia física.

Pero, la etimología siempre nos da pistas y pautas de pensamiento. Porque, en este caso, vinculando sangre a crueldad, nos da la clave de por qué se opta como forma de pena capital por aquellas técnicas que, como la horca, el garrote o la silla eléctrica, no implican derramamiento de sangre. Quizá pretendemos engañarnos y sentir que somos menos crueles cuando exterminamos a un semejante sin que veamos como brota su sangre a borbotones.

Pero electrocutar no es menos cruel que decapitar. Es más bien un acto de insidiosa crueldad. Como el que realizan esos dueños-indignos- de perros que utilizan collares eléctricos para adiestrar a sus infortunadas mascotas. Me sublevo cuando lo veo y me tengo que controlar para no intervenir. Me viene también a la cabeza la crueldad del infame Edison cuando electrocutaba en público a animales tan solo para demostrar, demagógicamente, los peligros de la corriente alterna que promovía su rival Nikola Tesla.

Deberían prohibir esos infames adminículos que electrocutan a placer a los canes (en Italia ya lo están). 

Aunque no hagan sangre, son crueles.

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