Me preguntan por no se qué programa de televisión. La verdad es que yo apenas la miro. Si acaso los telediarios, aclaro. 

O tendría que decir los informativos, me corrigen, porque al parecer los telediarios, propiamente, solo son los de la cadena pública, que tiene registrado el nombre desde 2011 para sus no demasiado fiables noticieros, los cuales a menudo se nos antojan como meramente un eco de la voz de su amo.

Yo seguiré llamando telediarios a todos los informativos catódicos. Me da igual la oficina de patentes y marcas.

Del mismo modo que, como recuerdo bien, mi abuelo también denominaba “el parte” a cualquier noticiero de televisión y especialmente de radio.

“¡El parte”!…cuántos recuerdos me llegan de aquellos mediodías en los que al llegar justamente las dos en punto, mi abuelo nos pedía un poco de silencio a todos y giraba la ruedecita del transistor Lavis situado sobre el mantel de hule para sintonizar Radio Nacional y escuchar con suprema atención las noticias del día, que llegaban tras una inconfundible música de entrada. Noticias que sabían a maravillosas lentejas y buen pan candeal.

Obviamente, mi abuelo llamaba el parte a los informativos de radio y tv porque durante el conflicto incivil del 36, que marcó su vida y la de tantos más, era importantísimo escuchar cada día por la radio el “parte de guerra”, ya se estuviese en el frente o en retaguardia. Alguien me contó que el 1 de Abril del 39, al escuchar mi abuelo desde el CRIM de Alcoy, que él dirigía, el último parte de la guerra civil (el de aquella voz áspera, chulesca, repulsiva y rabiosa que se refería a los vencidos como cautivos y desarmados), no pudo evitar dar un puñetazo a la vieja radio de válvulas…

Parte, en el sentido de informativo, es un término muy interesante. Y cuesta un poco de trabajo entender su origen. La palabra nos remonta a la expresión “dar el parte”, que a su vez es una deformación de “dar parte”. 

Y “dar parte” equivale, en buen castellano, a participar a alguien de un asunto, a convertir a alguien en parte o partícipe de una cuestión, o sea, a informar.

Hay muchos ejemplos de este uso originario de “dar parte” en la literatura española; por ejemplo, lo encontramos en el capítulo segundo de El Quijote, nada menos que en el famoso pasaje en el que se nos dice que el caballero de la Triste Figura se decide a iniciar una nueva vida : “y así, sin dar parte a persona alguna de su intención y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas (…) y por la puerta falsa de un corral salió al campo…

Así que dar parte es lo mismo que hacer partícipes a los demás. Y esta es una cuestión muy importante. Los medios de comunicación tradicionales (prensa, radio, tv…) hacen (hasta cierto punto) que la gente forme parte, que participe de una misma información común. No es lo mismo con los nuevos medios. Las plataformas de internet, los digitales y las redes social, con información a la medida y el concurso de los endiablados algoritmos, aislan al individuo, no lo hacen parte de un todo. Y eso es el factor que tal vez está incrementando el sectarismo, el fanatismo y, me atrevería a decir, el populismo.

Así que me gusta lo de “el parte”, además de llenarme de grata nostalgia. Y me parece que se ha perdido mucho cuando hemos pasado desde los noticieros o partes, en los que todos participaban, a este avispero de canales individuales de información digital en los que cada uno acaba sabiendo tan solo lo que desea saber o ya sabía.

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