Debemos a la saga Orkneyinga la interesante historia de Sigurd hinn Riki, segundo jarl de las Islas Orcadas, quien recibió el título a manos de su hermano Rognvald, jarl de More, martillo de piratas y mano derecha del rey Harald I de Noruega.

Sigurd fue llamado “el Poderoso” (hinn Riki), tal vez por su enorme estatura, y acaso por sus ansias de dominio, que le llevaron a conquistar buena parte de Escocia.

En el curso de una de sus empresas bélicas, Sigurd retó a muerte al caudillo escocés Máel Brigte Bucktoothed, cuyo nombre podríamos traducir como el “Devoto de Santa Brígida de los Dientes Muy Largos”.

Sigurd el Poderoso le propuso a Máel Dientes Largos un duelo. Por un lado estaría él y cuarenta caballeros de su mesnada. Por otro lado estaría su rival y otros cuarenta caballeros de su tropa.

Al llegar el día y la hora, en el lugar convenido se presentó Máel Dientes largos con sus cuarenta hombres.

Sigurd el Poderoso se presentó con ochenta.

Como era de esperar, Sigurd venció a Máel y le cortó la cabeza.

Muy ufano, el Poderoso colgó de su silla de montar la cabeza cortada y sangrante de Dientes Largos y cabalgó de nuevo a su castillo.

Pero mira por dónde, el artero vencedor no colocó bien en la montura su tétrico trofeo. Y ocurrió que los colmillos del decapitado Máel Dientes Largos fueron rozando la pierna de Sigurd el Poderoso, produciendo una pequeña rozadura.

Y resulta que esa rozadura produjo una infección. Y esa infección causó la muerte de Sigurd.

Así nos lo cuenta la saga. Corría el año 890 de nuestra era.

De modo que Máel Dientes Largos acabó con Sigurd el Poderoso. A mordiscos. Y después de muerto.

Tal vez alguien lo profetizó.

A mi me encanta este pasaje de las sagas. Es una historia que, no se bien por qué, me parece que sirve de enseñanza para algunos temas de actualidad (consúltese el periódico de hoy, que trae noticias de denuncias a dentelladas).

Porque, por un lado, demuestra que no conviene nunca ensañarse con el vencido, especialmente si tiene los dientes muy largos. Debido a que nos puede pasar lo que a Sigurd el Poderoso.

Y por otro lado, también deja claro que ser un perfecto imbécil y creer en la palabra del enemigo, suele ser letal. Como le ocurrió a Mael, el de los Dientes Largos.

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