El otro día le decía a una amiga, un tanto quejumbrosa de su hijo adolescente, que casi todas las cosas importantes que ha hecho el ser humano, han sido creadas o más bien intuidas por adolescentes.

A mi amiga le pareció un buen consuelo, pero exagerado. Y me pidió un ejemplo. 

Un perfecto ejemplo podría ser la Teoría de la Relatividad. Einstein la intuyó con solo 16 años. Con una iluminación revolucionaria que acaso solo puede proceder de un adolescente genial, 

Ese Einstein juvenil fantaseó con galopar junto a un rayo de luz. Se imaginó adelantando al rayo y contemplando al mirar atrás un mar de ondas congelado. 

Pero incluso con 16 años, Einstein sabía que, como demostró Maxwell con sus ecuaciones, las ondas electromagnéticas (como la luz) no podían estar “congeladas”, porque su única posible naturaleza es precisamente el movimiento, la oscilación.  Sin oscilación, una onda no es nada. No existe.

Por lo tanto, Einstein sabía que algo fallaba y que nada podría rebasar la velocidad de la luz.

A partir de esta genial “iluminación”, nunca mejor dicho, el resto fue, en cierto modo, pura rutina. Con el tiempo, el adolescente demostraría que para hacer realidad su fantasía de adelantar al rayo de luz tendría que haber aumentado su masa corporal hasta el infinito, lo que exigiría toda la energía del universo…y un poco mas. Algo también impensable.

La adolescencia es el gran invento de la Humanidad. Es lo que hace posible el progreso de una generación a otra. Pero no es fácil convencer de esto a quien sufre los desaires del adolescente típico. Es que todo es relativo.

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