Tenerla guardada.

¿Por qué la expresión “se la tenía guardada” se refiere siempre y exclusivamente al deseo de venganza? ¿Por qué eso que se tiene tan “guardado” siempre es algo dañino? y ¿Por qué nunca se tiene “guardado” un favor o un propósito de benévola reciprocidad?

Habría que saber por qué el poder del rencor es mayor que el poder de la gratitud. Habría que saber por qué la ofensa que se nos ha inferido perdura, mientras que el favor que se nos ha otorgado se olvida. 

Y habría que saber por qué, a menudo, quien ha recibido un favor, no solo no lo devuelve, sino que pasa factura por él.

¡Ah, Humanidad…!

Sepulcros blanqueados.

Una palabra que se ha puesto muy de moda últimamente es “blanquear”, utilizada en el sentido analógico. Se quiere significar con ella, peyorativamente, el esfuerzo, que se ve como hipócrita, por atemperar la negatividad de alguna cosa o alguna idea. 

Este sentido de “blanquear” es muy antiguo y proviene sin duda de la cultura judía. En un famoso pasaje del San Mateo, los escribas y fariseos son llamados “sepulcros blanqueados” (τάφοις κεκονιαμένοις). También en los “Hechos de los Apóstoles” se repite la acusación, con la misma connotación de hipocresía farisáica.

¿Por qué “sepulcros blanqueados”? Pues porque en la tradición judía se acostumbraba a limpiar con cuidado los sepulcros que el tiempo había llenado de polvo o arena, incluso se encalaban periódicamente.

Para la religión judía el mantenimiento en perfecto estado de los cementerios era una obligación esencial. No en vano sus cementerios eran denominados bet hayyim, es decir, jardines de la vida y fueron siempre un lugar habitual para el paseo o la meditación. Un sepulcro sucio o polvoriento requería inmediata limpieza por parte de la comunidad judía porque además, si alguien lo rozaba inadvertidamente, se contaminaría de impureza…

He aquí una curiosa contradicción típica de la tradición judeocristiana. Por un lado, el camposanto es un bet hayyim, un jardín deseable, pero por otro lado, su subsuelo, su interior, está lleno de inmundicia y corrupción de cuyo contacto hay que huir.

De aquí nace la extraña analogía entre el comportamiento hipócrita y el encalado de los sepulcros.

Vivimos, es cierto, tiempos de hipocresía ambiental (comenzando por el famoso lenguaje “políticamente correcto“, que viene a ser en sí mismo el paradigma de la hipocresía, pues pretende blanquear con la cal de las palabras, la corrupción de los hechos).

Vivimos tiempos de  mucho blanqueamiento de sepulcros. Especialmente en el proceloso mundo de las batallas ideológicas y de la refriega política. Estos días de vil chalaneo postelectoral son modélicos.

Si alguien se atreve a negociar con el indeseable rival político, decimos que lo está blanqueando. 

Si alguien osa discutir la unilateralidad de una visión histórica que generalmente se exige ver como negativa, decimos que está blanqueando el pasado…

Y así sucesivamente.

Un perfecto ejemplo de este uso sistemático del blanqueo como crítica feroz es precisamente el debate muy actual en torno a la llamada leyenda negra española. 

Un grupo de autores se ha atrevido a cuestionar el fundamento real de dicha leyenda (con notable despliegue de erudición). Y seguidamente, sin pérdida de tiempo, otro grupo de autores se ha apresurado a reprochar este esfuerzo revisionista, calificándolo de puro blanqueo de la Historia.

Cuestionar la base fáctica de la leyenda negra española se presenta entonces como la madre de todos los blanqueos

Por cierto…¿lo es? ¿Equivale la relectura benévola de la Historia de España al encalado de las tumbas de los cementerios judíos? ¿Puede verse eso como un ejercicio histórico de pura propaganda nacionalista, o es más bien una refutación fundamentada de tópicos ampliamente divulgados por fuerzas foráneas interesadas en denigrar lo hispano?

En realidad, seguramente ni lo uno ni lo otro. La imagen de España, como la de cualquier otro gran país europeo, ha pasado sucesivamente por épocas de ennegrecimiento y por epocas de blanqueamiento.

Tuvimos por cierto la mala fortuna de que una de las épocas en las que primó el ennegrecimiento de lo nuestro fue la Ilustración francesa, es decir, el manantial ideológico de la modernidad (junto con el humanismo renacentista, cuando también pintaron bastos hacia lo español, recordemos el famoso “non placet Hispania” de Erasmo, cuando recibe la invitación real a venir aquí).

En el siglo XVIII, los ilustrados franceses ennegrecen aún más la negra imagen renacentista de lo español. Esos ilustrados, tras un siglo XVII en el que España había sido el país que creaba tendencias en Europa (desde la forma de vestir hasta el lenguaje, la pintura o el teatro), fueron clave para consolidar los estereotipos tenebrosos de todos conocidos: el inquisidor, el aristócrata ocioso, el conquistador criminal y ávido de riquezas, el mercenario brutal de los Tercios, el jesuita retrógrado, el torero, el bandolero…

Todo ello chocaba de frente con los valores del racionalismo ilustrado, que además, usaba esta propaganda para fortalecer de carambola sus posiciones frente al absolutismo imperante, haciéndolo sin ningún riesgo político…

Y este ennegrecimiento de los ilustrados franceses le vino muy bien. por cierto, al emergente imperio inglés, en disputa, junto con la expansión comercial holandesa, con el poder global español.

En el siglo XIX, en cambio, con el Romanticismo, se produce un blanqueamiento de lo español. La leyenda negra se hace blanca con Merimée, Borrow, Irving y tantos otros autores que ven en la cultura española un ejemplo de autenticidad, de amor a la vida y coqueteo valiente con la muerte, de encanto exótico y orientalista, en suma. 

Más tarde, al alborear el XX, llegan de nuevo los tiempos negros. Las potencias europeas y los Estados Unidos, están interesados en aprovechar el despiece del poderío territorial español y para ello no dudan en presentar lo hispano como algo herido de muerte y en camino de extinción. Se califica a España como un país enfermo” (al igual que se había utilizado anteriormente esta expresión para referirse al no menos decadente Imperio Otomano).

Luego, en los primeros años 30 del XX, las tornas vuelven a cambiar. Y lo español, en plena Edad de Plata de nuestra cultura, despierta admiración universal por su arte, por su literatura, por su música, inlcuso por su dinamismo político…

Por desgracia, con la Guerra Civil y el triunfo del franquismo, surge otra etapa de ennegrecimiento, que solo concluye con el ejemplar fenómeno de la Transición al que sigue, en otra vuelta de tuerca, el conflicto catalanista, que parece presentar de nuevo lo español ante el mundo como sinónimo de opresión e intolerancia.

Y en esas estamos; en el vértice de una larga sucesión de sombras y luces en torno a lo español. 

A lo mejor esta sucesión cromática podría servir de ejemplo para mostrar lo falaz de todos estos debates tan actuales en torno al dichoso blanqueo y al no menos dichoso enegrecimiento de las ideas y las posiciones políticas.

Quizá están tan exentos de razón los que blanquean como los que ennegrecen.

Porque, quizá por desgracia, la vida, la política, la historia…seguramente no son algo totalmente blanco ni totalmente negro. 

Seguramente tienen más bien un color gris. Un gris sucio y un tanto desvaído.

Puede que no sea nuestro color favorito. Pero se diría que es el color de la realidad y de la Historia.