He citado muchas veces a Lewis Carroll, cuando pone en boca de Humpty Dumpty esa expresión según la cual las palabras significan solo lo que los que mandan quieren que signifiquen…

Esta es una colosal verdad que conviene tener siempre presente para entender la realidad del mundo, convivir con el poder de la mentira, adaptarse al imperio de la palabrería, consolarse frente a la tiranía de la falacia y aclimatarse a una atmósfera en la que cada cual retuerce el sentido de los vocablos según su gusto y conveniencia.

Un buen ejemplo podría ser aquella famosa exhortación de Bergoglio en Rio de Janeiro, usando un castizo modismo platense: “hagan lío” que acaso deriva de la expresión italiana “fare un casino”.

Hacer lío es el barullo incendiado de los hinchas de la barra brava ante los atropellos del árbitro, o el revuelo festivo de los estudiantes en las fiestas de graduación, o el jaleo violento de los activistas en una manifestación…

Así que cuando Bergoglio invitó a los jóvenes a “hacer lío”, dejó a muchos bienpensantes sorprendidos, cuando no indignados. ¿Desde cuando los Papas de Roma hablan y piensan de esta manera?

Pero apenas se divulgó la audaz exhortación del sucesor de Pedro, los teólogos se pusieron a trabajar. Y se publicó casi inmediatamente un sesudo artículo en L’Osservatore Romano, en el que se explicaba que el Papa Francisco había transfigurado el sentido de la expresión “hacer lío” (sí, “transfigurado”) dándole un sentido según el cual “las puertas de las iglesias están siempre abiertas a humanidad dolorida del pueblo de Dios en camino por el mundo” (sic).

¿Lo ves?. Hacer lío ya no es gritar y arrojar bengalas en las gradas de La Bombonera. Hacer lío, es ahora, por decisión de unos que al parecer mandan, al menos en su ámbito, abrir amorosamente las puertas de los templos… 

Pues mira por dónde que yo seguiré atribuyendo a esa estupenda expresión “hacer lío”, su significado original y verdadero. Lo siento mucho. 

Y por cierto, creo no solo que Bergoglio usó “hacer lío” con plena conciencia de su verdadero significado, sino también que lo único que puede salvar al triste mundo en que vivimos es la voluntad de las nuevas generaciones para “hacer lío”, es decir, para perturbar sin descanso el sistema y para incomodar todo lo posible el mecanismo de producción y alienación de nuestra sociedad de consumo.

Como bien dice Vattimo, ahora que ya sabemos que Marx y Dios han muerto, solo nos queda cifrar la esperanza de una revolución que redima al ser humano en la capacidad de los jóvenes para hacer lío.

Mucho lío.

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