Conocí hace unos días–no vienen a caso las circunstancias ni la razón–a la autora de los “Niños de Lemóniz”, editado no hace mucho.

El encuentro con la escritora despertó mi curiosidad sobre la obra.

Así que me propuse leer, un poco por interés genuino, otro poco por cortesía, “Los Niños de Lemoniz”, que según me decían era ya una novela de éxito.

La verdad es que no me sentí muy impresionado con las primeras páginas, por decirlo eufemísticamente. Acaso eso se debía tan solo a mi contumaz escepticismo hacia los bestsellers…

¿Me tocaba leer una oportunista mezcla de “Patria”, “La Vida es Bella”  y “Esos Maravillosos Años? “

¿Tenía en mis manos otro intento de construir una narración mediante la dificilísima recreación del verdadero lenguaje infantil, tarea en la que siempre se acaba cayendo en algo parecido a ese error contraproducente que en publicidad se denomina “announcer voice”?

Es verdad que, formalmente, los diálogos de los primeros capítulos me parecieron tener un cierto y extraño dinamismo; puede que esto sea–pensé– una forma original y novedosa de presentar los acontecimientos banales de una familia…

Pero ¿por qué no ocurría nada, capítulo tras capítulo? Y, peor aún, por qué esa sucesión interminable de intercambios de frases en los que el lector casi no se aclara de quien dice qué, habida cuenta de la frecuente renuncia de la autora al habitual y conveniente “este dijo tal”, o “repuso aquel”, o “añadió el otro”, o “contestó el de más allá”….todo ello precedido del oportuno guión aclaratorio.

Formalmente, me parecía una fórmula narrativa inusual, pero, a mi juicio, fallida. 

Al parecer, tenía en mis manos una novela que se pretendía construir casi en su totalidad a partir de las conversaciones artificiosas e irrelevantes de una niña con sus compañeras de juegos y su familia; una obra carente del necesario equilibrio entre la parte sincrónica–la voz del narrador–y la parte diacrónica–los diálogos, el hilo de la acción tal como va ocurriendo–, es decir, toda una transgresión del canón de la novela.

Pero ocurre que conseguí persistir en los primeros diez o quince capítulos. 

Y, de pronto, comencé a intuir la estrategia creativa de la autora. 

Me empezó a parecer que acaso ella pretendía presentar primero las dramatis personae de la tragedia, sumergiéndonos en la versión más feliz y cotidiana de su mundo y de su vida. 

A partir de ahí, la trama iría avanzando, lenta, inexorablemente, desde lo trivial hacia el horror más absoluto; ambos con los mismos protagonistas.

Entonces la novela comenzó a interesarme. Y mucho. 

Me olvidé de que había conocido días atrás a su autora. 

¿Qué importancia tenía eso?

Fuí avanzando por el sendero del fanatismo y el espanto que esa autora había trazado casi maquiavélicamente, para que el lector lo fuese siguiendo sin posible escape, en lo que se adivinaba que iba a ser un in crescendo acelerado hasta el climax de una infamia infinita.

Compré inmediatemente la versión de kindle (9 horas y 8 minutos de tiempo de lectura estimada), a fin de poder aprovechar cualquier momento para continuar en mi iphone o en el Ipad la lectura. En un taxi me escalofriaba con las palabras del dueño de la carnicería; en un ascensor me indignaba con el cura que hablaba de efectos colaterales; paseando a Mao al atardecer de la Sierra me sentía abrumado ante el acoso siniestro a la familia en las calles del paradisíaco pueblo vasco (¡dios mío, el mismo pueblo costero soleado y dichoso al que yo, alternándolo con la peligrosa playa de Plencia, viajaba con mis padres y mi hermana los añorados fines de semana de mi infancia vitoriana, en aquel ruidoso pero confortable Seat 1500 con motor Perkins).

Y cuando terminé la lectura, tras la apoteósis de indignidad, infamia, sinrazón, miedo, abandono y crimen al que va acercándose la niña narradora y envolviendo simultáneamente al lector, me quedé pensando por ver si encontraba alguna palabra que sintetizase la intensa experiencia literaria que acababa de vivir. 

Y, no se por qué, me vino a la cabeza la palabra resiliencia, esa noción, concebida por Boris Cyrulnik, en el contexto de su trabajo para los programas de la ONU en favor de los niños traumatizados por los bombardeos de guerra en Oriente Medio.

Resiliencia sí, que equivale en cierto modo a la capacidad de sobrevivir al horror del pasado, mediante el esfuerzo por entenderlo y recordarlo. 

Porque la historia que se nos cuenta en “Los Niños de Lemoniz” es también la historia de una supervivencia. 

Para empezar, la supervivencia de la propia autora, que tiene el coraje y el talento de rescatar esos tiempos oscuros, desde la madurez personal y profesional que ha sabido conseguir, sobreponiéndose al no pequeño trauma de su infancia.

Y, en cierto modo, supervivencia también de la propia sociedad española, que, de algún modo casi inexplicable, ha consequido, si acaso frágilmente, sobrevivir a aquellos años negros de sangre y terror. Y, en cierta manera, rehacerse.

Pero esa delicada supervivencia de nuestra sociedad requiere de más ejercicios de memoria narrativa como los de esta opera prima. Porque es una obra valerosa, de una escritora que puede no tener la técnica literaria de un viejo zorro de los best sellers, pero posee la ventaja de haber vivido en primera persona aquellos acontecimientos y demuestra tener la capacidad para describirlos con la intensidad, frescura y objetividad de una mirada infantil.

Ahora bien, ¿necesitamos de verdad recordar? ¿Por qué hemos de esforzarnos por recuperar un pasado que a veces es nefando (es decir, etimológicamente, aquello de lo que no deberíamos hablar?

Imaginemos que en el mundo solo hubiese un par de tribus muy similares. Pero tienen una diferencia: una de ellas conoce sus orígenes, la otra no.

Ahora supongamos que acaece en el planeta un cataclismo. Apenas subsisten unas parejas de cada una de las tribus.

La pregunta es ¿cual de los dos grupos de supervivientes será capaz de resurgir y recrear de nuevo su mundo?.

Sin duda alguna, aquel que conoce sus orígenes, sus raíces. El otro se extinguirá. 

Porque entender de dónde venimos nos ayuda a sostenernos en lo que somos. Nos ayuda a tomar decisiones correctas, a evitar opciones que conducen al desastre. 

Cuando el autor o autores del Bereshit construyeron su narración, en pleno cautiverio de Babilonia, no lo hicieron pensando en el pasado remoto, sino en el futuro. Eso es el Génesis, un razón para confiar en el mañana.

Me alegro mucho, por eso, de que haya aparecido este libro. Y de haberlo podido leer. 

Acaso tiene efectos curativos. 

Winnicott, que era también pediatra, parangonaba la psicoterapia a “una forma muy ampliada de anamnesis”. 

En esa convicción creo que “Los Niños de Lemóniz” es un libro útil, e incluso necesario para una sociedad que a veces muestra una preocupante tendencia al olvido, y con ese olvido, abre las puertas al fanatismo y a la intolerancia, siempre al acecho. 

Por las mismas o parecidas razones, también me ha resultado útil a mí (acaso, necesario también, pues tengo algunas cosas en común con la biografía autora; yo también llegué al Pais Vasco siendo un niño, siguiendo el destino profesional de mi padre; y yo también viví en mi familia el horror de aquellos años, aunque de distinta manera).

La Historia y la verdad, me consta, son la única cura del alma. Para las personas y para los pueblos.

Y habría que terminar con la pregunta sobre el aspecto, digamos, artístico, de la novela. 

¿Hay o no hay arte en “Los Niños de Lemoniz”?

A mí juicio es arte simplemente todo aquel objeto, narración, conjunto de sonidos o puñado de pintura aceitosa sobre una tela, que sea capaz de producirnos cierta corriente eléctrica que va de abajo a arriba a lo largo de la medula espinal o que es capaz de acelerar nuestras palpitaciones, sin movimiento físico alguno por nuestra parte y de enrojecer nuestros ojos, sin necesidad de ser testigos o protagonistas de un acontecimiento real y doloroso para nosotros.

En ese sentido, me parece innegable que “Los Niños de Lemoniz” es creación artística. 

Porque yo he sentido mis ojos enrojecer en varios momentos de la lectura. 

Por ejemplo, leyendo el sobrecogedor comunicado de la mujer de uno de los ingenieros de la central en el funeral de su marido. 

Y, ciertamente, lo aseguro, no es fácil que mis ojos se tornen vidriosos ante un simple texto literario. 

En realidad, creo que es la primera vez que me ocurre.

2 comentarios en “Anamnesia

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