En la víspera del domingo de elecciones, recorro en bicicleta la comarca, cruzando no menos de siete pueblos. Más de tres horas sobre la bici.

Por todas partes veo publicidad electoral. Pero si un Rip Van Winkle ciclista hubiese salido a acompañarme en mi cabalgada solitaria, despertándose de un sueño de 30 años, se hubiera sorprendido mucho por toda esta publicidad. 

Porque, entre otras cosas, la noción de “izquierda” ya no aparece por ninguna parte, no está en ningún cartel ni en ninguna banderola. 

Todo son formaciones de nombres largos, hechos con frasecitas o expresiones cargadas de promesas vacuas o poco creibles, agrupaciones eclécticas de vecinos muy felices de haberse conocido que sonrien al elector con sus caras amistosas y benéficas, candidaturas de paisanaje diverso lideradas por los caciques locales de siempre, que se nos proponen como las alternativas oportunas y necesarias frente los partidos tradicionales…Es todo grotesco y pueril.

Y no. No aparece la palabra “izquierda” por parte alguna. 

¿Cuál puede ser la razón de esta ausencia, siendo así que hasta no hace mucho se decía que nuestra sociedad estaba escorada casi permanentemente hacia ese lado del espectro político, particularmente tras cuarenta largos años de dictadura militar?

Mientras bajo el puerto hacia el pueblo de Navacerrada, con muho sol y algo de viento de cara, pienso que el fracaso de la izquierda es precisamente el resultado mismo de su éxito histórico. Los avances sociológicos de la izquierda han acabado por crear una sociedad profundamente conservadora. Y la izquierda misma ha perdido con ello la mayor parte de su sentido y su razón de ser. Y está siendo incapaz de reinventarse.

Lo explicaré con una simple referencia histórica.

El Estado del Bienestar no nació con la izquierda laborista y socialista británica, como a veces se piensa. Las primeras leyes sociales, como el sistema estatal obligatorio de pensiones y el seguro médico surgieron en la Alemania militarista e hiperconservadora de Otto von Bismarck, allá por 1880. ¿Y por qué surgieron? El propio Bismarck lo dejó bien claro: la idea era “engendrar en la gran masa de los desposeídos el estado mental que brota del sentimiento de tener derecho a una pensión”. El canciller de hierro sostenía que “un hombre que tiene una pensión para la vejez es mucho más manejable que un hombre sin tal perspectiva”.

Bismarck no tenía inconveniente en reconocer que aquellas primeras leyes sociales eran realmente ideas “propias de un Estado socialista, en el que la generalidad debe comprometerse a ayudar a los desposeidos”. Pero los motivos de legislar en ese sentido no estaban precisamente en relación con los valores de progreso y justicia, sino con las posibilidades de manipulación y control social. 

Creo que es fácil entender lo que estoy sugiriendo. El inmenso desarrollo que ha tenido el concepto de Estado del Bienestar, impulsado por la izquierda europea desde finales del siglo XIX, ha acabado por vaciar de contenido a la propia izquierda, desorientarla y neutralizar fatalmente el impulso social que le daba sentido y potencialidad.

Se entiende entonces que ya ni siquiera se tenga claro qué cosa es la política de izquierdas. Todo son aporías.

¿Debe la izquierda impulsar una política fiscal menos agresiva o más bien ha de aumentar la carga fiscal para controlar el déficit público y y la deuda externa, que acabarán por empobrecer a los más débiles a través de la inflación y nuevos impuestos directos? 

¿Es de izquierdas impulsar las prejubilaciones masivas o lo es más combatirlas para preservar el derecho al trabajo y a su dignidad? 

¿Debe la izquierda impulsar el mercado laboral mediante las facilidades a la creación de grandes empresas o debe imponer trabas a cierto tipo de industria, desde enfoques ecológicos o medioambientales?

¿Es de izquierdas apoyar el proteccionismo comercial para frenar la hegemonía creciente de un estado totalitario e hipercapitalista como China o es más de izquierdas enfrentarse a las barreras aduaneras que impone un reaccionario como Trump cuando pretende evitar que China, que ya se ha comprado Africa entera y media latinoamérica, acabe dominando el mundo? 

¿Es de izquierdas apoyar la Europa de los banqueros y burócratas de Bruselas o es de izquierdas aspirar a un nuevo modelo de cooperación continental? (y recordemos lo muy “europeistas” y defensores de los “valores de la civilización europea” que se declararon siempre Hitler y Mussolini) 

¿Es de izquierdas defender un internet abierto y sin restricciones o es más de izquierdas luchar contra el inmenso poder que están acumulando los gigantes de Silicon Valley? 

¿Es de izquierdas apoyar el llamado “derecho a decidir” o es más de izquierdas combatir el supremacismo y soberanismo tribal impulsado generalmente por fuerzas conservadoras y xenófobas?

Hemos llegado, gracias a la izquierda, a un punto en el que ya no tenemos muy claro lo que es la izquierda. 

Y tenemos entonces pendiente la necesidad de redefinir esa misma izquierda. 

Tal vez sea posible.

Tal vez aún sea posible si pensamos en que la verdadera explotación del hombre por el hombre en nuestro tiempo tiene más que ver con la hegemonía en internet y el tráfico de datos que con las relaciones laborales. 

Tal vez sea posible pensando en que la lucha popular habría que dirigirla ahora prioritariamente contra un concepto de sociedad hipervigilada. 

Tal vez sea posible si nos atrevemos redefinir el concepto de alienación incardinándolo ahora en las redes sociales y en la inmensa maquinaria de manipulación en la que se han convertido…

Y todo ello sin renunciar a seguir progresando en la batalla por la transparencia, en la lucha contra la desigualdad creciente, contra la corrupción rampante, contra la evasión fiscal descomunal y contra el creciente poder de las bien llamadas élites extractivas…y, por último pero no lo menos importante, avanzando en el esfuerzo por la consecución de un sistema judicial digno y justo que haga verdaderamente igual para todos el cumplimiento de la ley…

Todo eso seguirá dando sentido a la palabra “izquierda”.

Pero es precisa la reinvención.

Y bien pudiera ser que la primera tarea fuese la recuperación de la palabra. 

Porque a veces, las cosas empiezan a desaparecer cuando se van oscureciendo o confundiendo las palabras que las denominan.

Y con estas ideas en la cabeza, llego a casa y me bajo de la bicicleta con el habitual apetito que dan los muchos kilómetros sobre el sillín.

Ya se nos tiene dicho en el Quijote que uno tiende a la metafísica cuando el hambre aprieta…

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