Ayer, en Milán, el caudillo reaccionario al que, incompresiblemente, sigue casi media Italia, ese demagogo que se atreve a poner precio a los rescates de harrakas en el Mediterraneo (como si la carne de inmigrante hubiese de pagarse por kilos), ese pre-fascista que se atreve a arengar a la plebe desde el mismo balcón de Piazza Venezia tan caro al Duce, arremetió contra Bergoglio (provocando silbidos contra el Papa entre la chusma), pero al mismo tiempo besó públicamente un rosario y fustigó al que llamó “dios dinero” (él, que hace nacer su pujanza desde una de las regiones más opulentas de Europa, como lo es esa gris Lombardía que impulsa egoísticamente la plutocrática Lega)

Todo esto es un perfecto ejemplo de la liquidez de las ideas que caracteriza nuestro tiempo. Todo es confuso. Todo se desliza. Todo es dual.

En particular, emerge en el discurso del neocondottiero la dualidad respecto al dinero que ha caracterizado desde hace siglos a la cultura europea.

Odiado y venerado, el dinero ha sido denunciado desde siempre por el pensamiento católico, a la vez que fustigado por los más grandes escritores, desde Dante a Molière, pasando por Rabelais, Quevedo, Dickens o Balzac.

El cristianismo nace y se desarrolla en el odio al dinero, sí. Para San Pablo, la “filarguiria”, es decir, el amor al dinero, es el origen de todos los males (πάντων τῶν κακῶν ἐστὶν ἡ φιλαργυρία, leemos en la carta a Timoteo). En coherencia, San Agustín define la avaricia como uno de los vicios más extremos. 

Desde entonces, queda claro que el cristiano debe elegir entre servir a Dios o a Mammon. 

Pero al mismo tiempo, el dinero se sacraliza en nuestra cultura, como reconoce ayer en su discurso el populista lombardo, que afirma su rango efectivo de divinidad. Y lo hace en una de las ciudades más vinculadas históricamente a la banca y al dinero.

Esta fascinante dualidad evoca la otra gran dualidad, que es el sexo, ese otro dictador tiránico de lo que somos o queremos ser.

Y sin duda ha de existir algún tipo de vinculación entre esos dos dioses que parecen imperar en nuestra vida íntima y en nuestra organización social respectivamente.

Freud incluye la relación del ser humano con lo crematístico en el marco mismo de su teoría de la sexualidad. El doctor vienés está convencido de que los humanos tratan los asuntos monetarios del mismo modo que las cuestiones sexuales. Considera Freud (y algunos de su seguidores, pero no todos) que el afán dinerario está relacionado con un placer anal de la primera infancia, consistente en retener la materia fecal en el intestino propio, en lugar de ofrecerla gratuitamente al exterior como quien otorga un crédito sin interés. Para Freud, la avaricia del adulto, el culto al dinero, tiene su origen, o puede tenerlo, en una vivencia demasiado represiva de la limpieza en la infancia, algo que resulta característico de la sociedad burguesa contemporánea. Y acaso los problemas intestinales del adulto, como el estreñimiento, pudieran ser concomitantes con un patológico sentido de la avaricia…

Quién sabe. Las ideas freudianas son fascinantes, aunque difíciles de probar por lo general. Pero lo cierto es que la asociación entre el dinero, el diablo y la divinidad, y la material fecal no es en absoluto privativa de la fantasía psicoanalista. Recordemos a Papini, que llamaba al dinero excremento del diablo. O a Casiodoro, que daba pie a la burla generalizada de los médicos medievales, siempre obsesionados con el color de la orina o la forma de las heces, a los que se acusaba por ello de enriquecerse con el estiércol, como si fuesen campesinos abonando los campos (“…aurum colligere de stercore”)

Aurum colligere de stercore. Recoger oro del estiércol. En cierto modo la frase también se ajusta bien al vil populismo del que el caudillo lombardo es el mejor exponente: recoger votos a partir del estímulo de las más sucias pasiones humanas: el egoismo, la xenofobia, el tribalismo nacionalista…

Y todo eso es, ay, una mina que no parece agotarse jamás.

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