Marta vio anoche un programa de televisión en el que se hablaba, creo, del Imperio Español y de su enorme poder en los siglos XVI y XVII. 

Comentando el programa, me dice que le parece extraño que después de todo aquello, tengamos un país que no acaba de encontrar su identidad y que parece ir por detrás en muchas cosas de otros países europeos que apenas eran significativos en aquellos dos largos siglos en los que los españoles eran más admirados y temidos que ningún otro pueblo. ¿Cómo es posible?

Me pide Marta que le de la pista para entender esta larga decadencia y este conflicto interno interminable. Pero me exige que lo haga en menos de cinco minutos…

¿En cinco minutos? ¿Explicar más de tres siglos de decadencia en cinco minutos?

Déjame pensar…¿por qué no?…al menos lo intentaré.

Tengo que hablarte, Marta, de varias cosas. Tengo que hablarte de Iglesia, de Imperio, de Dinero, de Ciencia.

En primer lugar la Iglesia.

España, como unidad, surge con los Reyes Católicos, con la conquista del Reino de Granada (técnicamente una Cruzada cristiana) y con el Descubrimiento. Y, por ello, surge lo español en el contexto de una profundísima vinculación entre Iglesia y Estado.

Isabel y Fernando habían conseguido su unión con la indispensable complicidad del mismísimo cardenal valenciano al que Isabel y Fernando ayudarían después a convertirse en Papa y que a su vez, bendeciría la colonización de América y otorgaría medio mundo a los españoles (y otro medio a los portugueses).

Esos mismos Reyes Católicos habían conseguido en 1478, poner al Tribunal del Santo Oficio bajo la autoridad de la monarquía–caso excepcional en toda Europa–lo que dio origen a una vinculación poderosísima entre el poder de la Iglesia y el de Estado. Vinculación que duró casi cuatro siglos y que no tuvo parangón en ningún otro país.

Este protagonismo de lo eclesiástico en la vida social y cultural española, tan intenso y durante tanto tiempo, tuvo consecuencias muy negativas, ralentizando la entrada de España en la modernidad y frenando dramáticamente la expansión de las ciencias y la técnica en la sociedad española. Baste recordar que incluso en los años 60 del siglo XX, la Universidad española estaba férreamente controlada por la Iglesia Católica, que desde siempre estuvo más obsesionada por promover el mal llamado saber humanista y teológico que el científico.

Así que ya tenemos una primera clave del retraso: el inusitado poder de la Iglesia Católica en la sociedad, en la política y en la cultura española. Y llevo solo 1 minuto. 

La segunda clave está relacionada con la primera, y se trata del concepto de Imperio global de la dinastía de los Austrias, esa familia que dictó los destinos de España entre 1518 y 1700, tomando el relevo–precisamente, de otro Cardenal de la Iglesia Católica, que ejerció como rey virtual de España entre 1506 y 1517, con alguna interrupción en favor de Fernando de Aragón. 

Los Austrias españoles nunca apostaron por una España unida, sino por un Imperio Europeo unido. Y en esa tarea imperial se desangraron económicamente, aliados también con la Iglesia romana en la lucha interminable contra las fuerzas centrífugas de la Reforma. Esos Austrias contribuyeron a crear los embriones del nacionalismo europeo que cristalizaría en el XIX, al mismo tiempo que debilitaban, simétricamente, el sentido de la unidad española; pensemos , por ejemplo, en los recursos económicos y humanos que Olivares exigía, sin ninguna legitimidad y creando un rencor duradero, a los catalanes de principios del XVII para defender el Imperio en Napoles, el Rosellón o Flandes; recursos que no sirvieron finalmente para sostener dicho Imperio y que en cambio condicionaron por siglos la armonía entre Cataluña y el resto de España.

La tercera clave es el dinero. Y también está relacionada con las anteriores, lo que nos confirma que las causas de los grandes dramas históricos son siempre múltiples y se entrelazan. No hay nunca causas únicas.

La monarquía española consiguió enormes recursos de metales preciosos con el Descubrimiento (de hecho, el impulso principal del viaje de Colón no fue otro que el de conseguir recursos que permitiesen evitar la bancarrota ocasionada por los veinte años de la costosísima Cruzada contra el Reino de Granada). Esos recursos no solo se consiguieron, por cierto, con ayuda de una brutal esclavización de los nativos americanos, lo que contribuyó a la fabricación de la famosa Leyenda Negra por parte de los rivales de la monarquía hispánica, sino que se abusó de ese oro y de esa plata americana de forma totalmente indebida, para sostener locamente la fanática idea imperial. Con ello se creó una inflación continuada y se hizo sufrir a España de la llamada “Maldición de los Recursos”, como a menudo les sobreviene a los países que súbitamente descubren diamantes, coltán, petroleo u otro recurso valioso, y que condicionan fatalmente a dicho recurso, y en exclusiva, la totalidad de su economía, poniéndose en evidente riesgo de desastre financiero y retraso tecnológico cuando las cosas les vengan mal dadas. España, henchida de poder militar y político, no supo desarrollar un sistema bancario adecuado y se puso en manos de los comerciantes y prestamistas de Amberes y Génova para descontar en efectivo las futuras descargas de plata americana. Con la caída del valor de la plata, la Corona española entró en default de su deuda, no una sino muchas veces: catorce exactamente entre 1557 y 1696. El Imperio Español puede que fuese la mayor potencia global que vieron los tiempos, pero era una potencia insolvente.

España no entendió que el dinero y la riqueza tenían que ver más bien con el crédito que con los metales. No supo crear entidades financieras que permitiesen dinamizar la economía del país a través de la expansión del crédito, tal como hicieron por aquellos tiempos otros países europeos.

A principios del Quattrocento había surgido ya en Italia el genial sistema bancario florentino, de la mano de los Medici. A partir de aquel modelo se habían desarrollado nuevas entidades bancarias en Amsterdam, Londres, Estocolmo…pero, ay, no en España. El Amsterdamsche Wisselbank se fundó en 1609. El Stockholms Banco nació en 1657 ya con una misión crediticia expresa. Y en 1694 nació en Londres el Banco de Inglaterra, que fue absolutamente innovador en diferentes aspectos, como su carácter de banco por acciones y la emisión de pagarés sin intereses para facilitar los pagos sin necesidad de que comprador y vendedor tuviesen cuentas corrientes.

¿Por qué el sistema financiero y bancario, tan esencial para el desarrollo económico (y por añadidura tecnológico) no floreció en España? Pues en parte por el inmenso flujo de metales preciosos americanos que expandía la masa monetaria y creaba el espejismo de hacer innecesario el crédito bancario, y sobre todo por la propia hegemonía de la Iglesia Católica, que nunca vio con buenos ojos la actividad bancaria; recordemos que los prestamistas fueron excomulgados por el III Concilio de Letrán en 1179, y que el Concilio de Viena de 1311 declaró que era hereje incluso el que sostuviese que no era pecado la usura. Los usureros cristianos (y era usurero todo el que prestase con interés) habían de indemnizar a la Iglesia en sus testamentos (!) como condición para poder ser enterrados en sagrado…Asimismo, la banca y los banqueros eran particularmente detestados por las órdenes de los franciscanos y los dominicos, que determinaron la vida de la Iglesia a partir de principios del siglo XIII. ¿Debemos recordar que Dante reservaba una parte del Séptimo Círculo del Infierno a los prestamistas, “mordidos de pulgas, o de moscas, o de tábanos…que en el cuello tenían una bolsa con un cierto color y ciertos signos que parecían complacer su vista

En fin, para terminar, le digo a Marta, todo este enredo de poder eclesial, idea imperial, maldición de los recursos, bancarrota y retraso financiero, contribuyó, por un lado, al retraso científico y tecnológico que nos hizo llegar tardísimo a la revolución industrial (acaso ya entrados en los años 60 del siglo XX) y, por otro lado, a la incapacidad de forjar una verdadera unidad nacional tal como lo hicieron otros países europeos durante el siglo XIX que fue nefasto para nuestro país en lo político, con incontables conflictos bélicos internos sucesivos (a veces hasta tres guerras simultáneamente).

Y en esas estamos.

Pero compruebo que me quedan 30 segundos para cubrir los 5 minutos prometidos. Y le digo a Marta que la Historia no es Destino. Y que todo ese retraso económico y esa crisis permanente de la unidad nacional no está escrito que sea para siempre. Ni debe hacer que nos sintamos estigmatizados por el pasado.

Habitamos un país en el que la gente no parece ser especialmente infeliz; en el que se diría que existe un cierto arte de vida; en el que aún subsisten redes de soporte familiar; en el que contamos con una tradición de arte y humanismo extraordinaria; en el que aún se vive en la calle, esa genial invención mediterránea, en el que la esperanza de vida es la mayor del mundo, junto con la de los japoneses, en el que el nivel de delincuencia y criminalidad está a años luz, por debajo, del que se da en otros países aparentemente más desarrollados…Vivimos en fin, en un país que es, por muchas razones, es el mejor destino turístico mundial según el World Economic Forum.

Eso le digo a Marta en los últimos 30 segundos. 

Y quizá es lo más importante de todo lo que le he dicho. Porque lo esencial de conocer el pasado, o creer que se conoce, es aprender y motivarnos para hacer que el presente y el futuro sea algo mejor. El resto cuenta poco.

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