Al hilo de mi anterior post me hace Marta una interesante pregunta.

Me inquiere por mi afirmación respecto a que Galileo intuyó la relatividad del espacio pero no la del tiempo, para lo que, señalo, tuvimos que esperar a Einstein. 

No lo entiendo”, me dice Marta en un whatsapp, “favor de aclarar”.

Pues creo que esto se lo puedo explicar de un modo relativamente simple.

Galileo intuyó la relatividad del espacio al atisbar que no se podría definir un marco de referencia espacial fijo. Moviéndose la Tierra respecto al Sol, como había planteado Copérnico, la idea de un movimiento absoluto en la Tierra carecía de sentido.

Por ello, la relatividad del espacio se puede definir como la imposibilidad de establecer una medida exacta y universal del desplazamiento de un objeto que se mueve en relación a nosotros. Esto lo comprendió Galileo.

La relatividad del tiempo se podría definir, a su vez, como la imposibilidad de determinar un lapso fijo y universal para ese objeto que vemos desplazarse entre un momento y otro posterior.

Esta segunda imposibilidad, en principio, no  se le presentó a Galileo. Debío pensar que bastaría con observar el comienzo y el fin del desplazamiento, y hacer un par de consultas a un reloj. Eso es todo.

El problema está en el término “observar”. Porque ocurre que la luz tarda un tiempo en llegar a nosotros. 

Y esto no sería grave si la luz se comportase como cualquier otro objeto en movimiento. Bastaría tener en cuenta su velocidad a la hora de computar el desplazamiento del objeto. Y la medida del lapso seguría siendo algo objetivo y universal.

Pero el verdadero problema es que la luz, respecto a nosotros, y por extraño que parezca, no va más rápido cuando la emite un objeto que se acerca. Ni más despacio cuando la emite un objeto que se aleja. 

Los experimentos de Faraday, y las ecuaciones de Maxwell, en el siglo XIX, demostraron que la velocidad de la luz es constante: no se suma ni se resta de la velocidad respecto a nosotros que tenga el objeto que emite dicha luz. 

Esta colosal anomalía, empíricamente probada, es la que, en principio, hace imposible hablar de valores absolutos cuando medimos el lapso de tiempo que tarda un objeto en desplazarse de un punto visual a otro. El comportamiento “extraño” de la luz determina que no nos podamos fiar de la medida temporal que tomamos. Existe un famoso experimento mental que nos presenta a un observador en un andén de una estación contemplando el reloj de una especie de oscilador de eje vertical en un tren que pasa raudo ante él. Ese experimento mental muestra que el tic tac del reloj del tren tarda más en producirse para el observador que para el viajero del tren. Si tardase lo mismo, eso implicaría que la velocidad de la luz se habría sumado a la del tren, lo que sabemos es imposible. Gracias a Faraday y Maxwell.

Llegamos entonces a un mundo de absurdos: el lapso de tiempo que transcurre durante el desplazamiento de un objeto de un punto a otro es necesariamente diferente para dos observadores distanciados entre sí. Con ello, da la impresión de que el tiempo se convierte en algo sin mucho sentido. En algo no objetivo, en algo incomprensible.

La genialidad de Einstein fue reconocer que el tiempo simplemente es relativo: cada observador tiene su propio tiempo: el que marca su reloj. Y la velocidad a la que se aleja o acerca un observador de otro implica, curiosamente, una pérdida de sincronicidad de sus respectivos relojes. Así de simple. Esto no lo pudo imaginar Galileo porque seguramente ni pensó en profundidad sobre la velocidad de la luz ni mucho menos pudo imaginar que esa velocidad tendría la limitación que atisbó Faraday.

Einstein estableció que si el objeto B se aleja del objeto A, el reloj de B se ralentizará con respecto al de A. Y si B se aleja tan rápido que se acerca a la velocidad de la luz, su reloj se irá acercando también a una parada total (respecto al reloj de A).

Con este planteamiento, el tiempo tiene sentido solo en una dimensión estrictamente relativa, es decir,  los valores temporales dependen de cada observador. Es más, nos dice Einstein, la deformación del Tiempo no es propiamente una consecuencia de la limitación de la velocidad (c) de la luz, sino más bien al revés: los fotones no pueden superar c porque el tiempo no puede ralentizarse más allá de la parada; no pueden ir los fotones más despacio que parados…

Tiempo y espacio son relativos y se interrelacionan. Y por eso, en sentido estricto, dos observadores no pueden decir a ciencia cierta que están en un lugar o en una hora determinados. Están más bien, cada uno de ellos, en un valor específico del continuo espacio/tiempo, puesto que tienen una posición y una hora, digamos, “personales” e interrelacionadas.

Yo tengo mi tiempo, en función de mi desplazamiento relativo a tí en el espacio. Y tú tienes tu propio tiempo, en función de la velocidad a la que te alejas o te acercas a mí.

Lo creas o no, las cosas encajan con esta concepción. Y los resultados empíricos prueban que es correcta. Tu GPS no funcionaría bien si no fuese así, entre muchísimas otras cosas.

Es decir, que es exactamente lo que ya nos sugería el Eclesiastés, hace más de dos milenios:

Omnia habent tempus, todo tiene su propio tiempo…Una sabiduría intemporal…

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