No está nada claro que el fascismo haya resurgido en Europa. Afortunadamente.

Pero está más allá de toda duda que la palabra sí lo ha hecho, bajo la forma de herramienta léxica universal y polivalente que ahora se tiene siempre a mano para designar una amplísima variedad de personas y entidades con las que uno no está de acuerdo. Fascista es lo mismo ese historiador o el filósofo que no comulga con cierto nacionalismo, aquel líder político del partido burgués que saca pecho constitucional o el padre de más allá que se atreve a negarle a sus hijos el uso del teléfono móvil…Por no mencionar al profesor universitario que no pone notas suficientemente altas en los exámenes…

“Bueno, y qué”, me dice Marta, al oir mis resignadas quejas sobre la omnipresencia de la palabra, “qué más dará que se use o no con propiedad…”, prosigue con actitud displicente, ”eso son cuestiones terminológicas sin importancia…algo muy tuyo…

Pues yo creo que sí tiene su importancia. Y además es un ejemplo más del lamentable “presentismo” que impera por doquier, es decir, la miopía de juzgar el presente conforme a modelos esquemáticos del pasado.

Le digo a Marta que si abusamos de la palabra fascismo, cuando fascismo realmente no hay (al menos por ahora) acabamos vaciando la palabra de contenido. Y puede que ese contenido lo echemos de menos algún día, si es que (esperemos que no) el verdadero fascismo retorna, ya sea en su avatar original o bajo alguna forma mutante, y necesitamos agrupar fuerzas para combatirlo. Dicho de otro modo, abusar de la palabra debilita el sistema inmunológico social para defenderse de la cosa, para reaccionar frente un eventual renacimiento de lo que parecía haber desaparecido. 

Hasta el año 1934, Stalin tenía decidido que todos los partidos europeos que no perteneciesen a la Komintern fuesen denominados fascistas. O socialfascistas, en el caso de los partidos socialistas. Esa aberración maniquea, que dividió y debilitó a las fuerzas progresistas europeas, tuvo no pocas consecuencias. Y muy graves. Entre ellas el advenimiento del poder nazi en alemania y la consolidación del totalitarismo de Mussolini en Italia. Solo después de 1934 Stalin reconoció el trágico error y comenzó una política de colaboración con el progresismo europeo que a la larga sería vital para la supervivencia del continente. Por su parte y en la misma década, Palmiro Togliatti, el legendario líder del PCI, decía que los socialdemócratas eran “traidores del proletariado” y que “mañana marcharán con los fascistas y tomarán su puesto, para masacrar a los revolucionarios” pues, pensaba Togliatti, fascismo y socialdemocracia “tienen bases ideológicas idénticas”…

Durante la guerra civil española, ya sabemos que solo había dos categorías humanas, los rojos, leales a la república, y los fascistas o facciosos, rebeldes frente a ella. 

En la zona repúblicana, durante la refriega, bastaba que alguien vistiese de traje o se cubriese con sombrero para levantar la sospecha de ser un…fascista. Un anuncio de la postguerra capitalizaba, a la inversa, este punto: “los rojos no usaban sombrero“, rezaba el titular de una sombrerería de la calle Montera 4, en Madrid.

Esta simplificación es muy propia de todos los conflictos bélicos, que requieren siempre de una definición dicotómica de los bandos en liza.

En realidad, el fascismo murió en 1945, con la victoria de los aliados. Y que se sepa sigue bien muerto en Europa. Y es dudoso que se pueda calificar de fascista al matón que ocupa actualmente de la Casa Blanca o al fantoche que se acaba de acomodar en el Palácio do Planalto.

Porque, seamos claros, fascismo es un concepto totalitario del Estado. Fascismo es un regimen militarista y militarizante, antidemocrático, nacionalista a ultranza y con vocación de expansión y conquista bélica. 

Y ese perfil no se manifiesta en ninguno de los movimientos políticos actuales mínimamente significativos, por mucho que los consideremos de “ultraderecha” o “derecha extrema”…

El problema se agrava por el hecho de que “fascismo”, como definición, se diferencia del resto de los identificadores de ideología política. 

El comunismo aspira a una propiedad en común de los medios de producción. 

El liberalismo pretende una libertad de mercado máxima. 

El socialismo persigue un estado orientado a la protección social

El anarquismo busca el derribo de todo ἀρχὴ, de todo poder o principio director…

Y así todo. 

Pero…¿fascismo”?

Fascismo significa en esencia promover la agrupación en haces, impulsar la unidad de lo diverso. Y, en este sentido, fascista puede significar todo y no significar nada, al igual que populismo. 

En un sentido etimológico, al menos, todos pueden ser fascistas, al igual que todos pueden ser (¿y acaso no lo son?) populistas..

Entonces, propongo que reservemos la palabra fascismo para un uso propio, y preferiblemente en un contexto histórico. 

Y propongo que recurramos a otros epítetos más precisos para definir a los opositores ideológicos.

Pero bien se que esta propuesta mía no servirá de mucho.

Al fin y al cabo, la vida nos enseña la exactitud de lo que podríamos llamar el teorema de Humpty Dumpty, tal como lo expresaba Lewis Carroll en Alicia: 

“When I use a word,” Humpty Dumpty said, in rather a scornful tone, “it means just what I choose it to mean—neither more nor less.” “The question is,” said Alice, “whether you can make words mean so many different things.” “The question is,” said Humpty Dumpty, “which is to be master—that’s all.

Un comentario en “El Fascismo y el Teorema de Humpty Dumpty.

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