La Trampa

Me llega uno de esos mensajitos virales con la foto de un ratón a punto de abalanzarse sobre el queso y caer en la trampa. Acompaña la imagen la cita de un tuitero desconocido e irrelevante (un tal Staudt o algo así): “Socialism is like a mouse trap. It works because the mouse doesn’t understand why the cheese is free”.

Me indigna tanta simplificación maliciosa. Pero puestos a simplificar, respondo al instante con una cita no menos simplificadora que suele atribuirse a Keynes: “capitalism is the astounding belief that the most wickedest of men will do the most wickedest of things for the greatest good of everyone”. 

Y matizo que la verdadera ratonera para las mentes es la simplificación.

También podría haber añadido, ya de mi cosecha, que capitalismo es la síntesis de las grandes conquistas de la especie humana a lo largo de la historia. De las sociedades neolíticas ha tomado el sentido salvaje de la vida social. De la Antigüedad ha tomado la esclavitud. Del medievo, la dominación brutal. De la revolución industrial, la explotación de los trabajadores. Y del capitalismo del siglo XX, el nombre.

O bien, que el capitalismo es como una trampa de ratones en la que al ratón cazado ni siquiera le queda el consuelo de comerse el trozo de queso. Se lo come la banca.

Tatuajes.

En los campos de concentración del III Reich, tatuaban los brazos de los judíos. La razón no era solo la identificación, sino, acaso primariamente, la contabilidad. 

Contabilizar judíos exterminados era importante por muchas razones. Entre otras para atribuir mérito a los responsables de cada muchedumbre de judíos apresados. Y exterminados. 

Se tatuaba a los judíos para llevar la cuenta.

Pero a los cientos de miles de gitanos exterminados por los nazis en el terrible Baró Porrajimo no se les tatuaba. No.

Y esto ¿por qué?. Pues porque no había razones para hacerlo. ¿Por qué gastar tinta con ellos? ¡Qué importancia podría tener que las cámaras de gas acabasen con medio millón o con novecientos mil gitanos? ¿A quién le habría de importar la diferencia?

Los círculos del infierno no son nueve, como nos decía Dante. Son infinitos y se prolongan por un abismo sin fondo. Siempre cabe más horror debajo del horror.

Rouba, mas faz.

Al parecer, de cara a la próxima campaña, unos han elegido como slogan la expresión “¡Vamos!”.

Yo supongo que lo habrán hecho pensando en que se trata de un lema aspiracional, energético, positivo…En realidad no es ni aspiracional, ni energético, ni positivo. Es simplemente un torpe y vacuo slogan que acaso intenta evocar el En Marche de Macron o el ¡Vamos! que se intentó acuñar como grito de guerra de “la Roja” en no se qué reciente evento deportivo.

La torpeza y la vacuidad de este “Vamos”, refleja tal vez la torpeza y vacuidad de quienes lo van a utilizar. Y tal vez han decidido quedarse con este triste slogan por puro descarte. Por reducción al absurdo, y nunca mejor dicho.

No han podido o no han querido proponer mas bienestar, o mas justicia social, o más transparencia, o más democracia. Y no pudiendo o no queriendo proponer nada, han optado por un “Vamos” que en nada compromete y no significa realmente cosa alguna. O que puede significarlo todo, según convenga a quien lo usa, y que por ello evoca la célebre y cínica respuesta de Mazzarino al embajador inglés: “Señor, solo soy un humildísimo servidor de las circunstancias” .

Este infausto “vamos” ni siquiera es un “vamos hacia adelante”, como uno de los famosos slogans de Churchill. O un “Vamos a sitios”, como el extravagante slogan de Toyota (Let’us go places). Este es un vamos neutro, asexuado, blandiblú, que pretende ser polivalente pero que en realidad no vale para nada. Tal vez como el voto que aspira a conseguir.

Mas interesante podría ser el otro slogan que hemos conocido estos días: “Haz que Pase”. Se diría que es la adaptación al castellano de la omnipresente expresión inglesa “Make it Happen”, la cual nos debe sonar al menos a una canción de Mariah Carey, a cierta película musical de serie B, a algún libro de autoayuda o a la inscripción en algún tazón de desayuno. Curiosamente también es el título de un blog de cierta universidad privada que por cierto es la misma en la que ha estudiado el candidato que hace uso de este slogan.

Lo malo es que al traducir el Make it Happen como Haz Que Pase se producen ciertas interferencias y ambigüedades, pues el verbo español “pasar” tiene un campo semántico que abarca no solo lo que ocurre o lo que sucede, sino también lo que se deja atrás, a menudo para bien. La peor medicinaaa/con azúcar pasaráaa, decía cantando Mary Poppins a los niños que cuidaba… La ambigüedad está servida. Y un creativo publicitario debe ser cualquier cosa menos ambiguo.

No es fácil crear un slogan político brillante, como el Yes We Can (que también tiene herederos por estos pagos) o el fabuloso Make America Great Again, que tiene no poca responsabilidad en el delito de haber llevado a un loco millonario a la Casa Blanca.

A fin de refrescar las ideas de los creativos, y puestos a plagiar sin tapujos, yo me permito proponerles que piensen en algo parecido al famosísimo slogan de Adhemar Pereira De Barros (en la foto), que ganó la alcaldía de Sao Paolo con un ejercicio admirable de transparencia y sinceridad, tan necesario en estos tiempos. 

Su slogan, en la campaña de 1957, era “Adhemar rouba, mas faz”.

En realidad, esa fue una frase creada por su adversario Paulo Duarte, pero mostrando inusual lucidez y psicología popular, el propio Adhemar, de algún modo, se apropió de ella. Y como tal ha pasado a la historia.

Adhemar roba, pero hace.”

Es solo una idea.

Cuarto Poder

Visto y comprobado que todos los medios de comunicación están fatalmente entreverados los otros tres Poderes ¿por qué insistimos en hablar del Cuarto Poder?

En realidad, Poder, lo que se dice Poder, no hay más que uno. Y es el financiero.

Y los que mandan, mandan en todo. Solo faltaría.

Que se mueran de hambre.

Esta primera semana del mes más cruel, nos ha traído al menos dos noticias particularmente crueles. Ambas relacionadas con el pan. Ambas generadoras de suprema indignación. 

La más reciente de esas noticias (la publican esta misma mañana los medios), nos habla de una manifestación de un millón de personas en Sudán, clamando por el pan. 

¿No es terrible que el hombre del siglo XXI siga pidiendo sencillamente pan?

La otra noticia es del pasado lunes o martes, no recuerdo bien. Y nos hablaba de una turba de vecinos de una barriada romana, que se opusieron en la calle al realojamiento en su distrito de un grupo de 70 personas sin hogar de etnia gitana (entre ellas 33 niños y 22 mujeres, algunas embarazadas). 

Los romanos exaltados se interpusieron frente a algunos vehículos que llevaban alimentos para los realojados, arrojaron al suelo las vituallas transportadas y pisotearon con rabia los panecillos dispersos por el asfalto, al grito de “¡qué se mueran de hambre!

Las dos noticias son epocales, las dos reflejan las contradicciones de nuestro tiempo, y lo hacen en torno a un mismo objeto que es mucho más que un objeto. Ambas recuperan el pan como un símbolo trascendental y universal del drama del hombre en la tierra. En esto no hemos cambiado en nada durante los últimos 4000 o 5000 años. Es fascinante. Y aterrador.

El grito colectivo por el pan en Sudán, y el pisoteo del los bocadillos en Torre Maura (nótese el no menos simbólico nombre de esta urbanización en las afueras de la capital italiana) representa también el pisoteo de todo valor humano y el clamor frente a la deshumanización.

Cuando negamos el pan a alguien, en cierto modo estamos negando su carácter humano. Porque el pan es el alimento de los hombres por antonomasia. En la epopeya de Gilgamesh leemos que lo que eleva a Enkidu desde el nivel de las bestias es precisamente el hecho de alimentarse de pan (y de embriagarse con bebidas alcohólicas, añadamos para ser justos).

Por Homero sabemos que los antiguos llamaban a los humanos aρτοφάγοi, “artofagoi”, es decir, comedores de pan (por cierto que la palabra castellana artófago, siendo desusada, es correcta, y tiene el mismo sentido que el aρτοφάγος de la Odisea). Cuando Ulises llega a un lugar habitado por desconocidos, se pregunta si habrá allí “erga broton” es decir, cultivos de cereal, símbolo inequívoco de humanidad, y si los habitantes serán por ventura “comedores de pan“. Luego tendrá el héroe que aceptar que no sea así, sino que se encontrará con la sobrehumana hechicera Circe, o con los no humanos comedores de loto, o con los lestrigones, que tampoco son artofagoi. O acaso con alguno de los dioses olímpicos, que tampoco comen pan, sino néctar o ambrosía. Artofagoi es sinónimo de humano, y es por cierto la misma palabra con la que se llamaba en el Génesis de la Septuaginta a los egipcios, epítome de pueblo avanzado desde la perspectiva de aquellos israelitas primitivos.

Quienes despreciaban o desconocían el pan, como lo hacía el cíclope Polifemo, quien “no parecía un comedor de pan“, como nos dice Homero, no eran sino monstruos. El hombre era humano en la medida en que había dejado de comer carne cruda y horneaba los alimentos. Empezando por el artos, que ya vemos que es el pan, palabra antiquísima griega derivada posiblemente del caldeo “ara“, tierra o/y de la raíz protoindoeuropea er, con el mismo significado de tierra (que nos da, por ejemplo, el inglés earth) .

En la Teogonía, Hesíodo nos cuenta que Japeto y Climena son los progenitores de Epimeteo, quien habría de ser una desgracia para la especie humana (por aceptar a Pandora como esposa). Pero en el texto, el autor usa la expresión “comedores de pan” precisamente para referirse a la especie humana.

Por otro lado, la autoridad social se ha relacionado siempre con el reparto del pan. No es casualidad que la palabra inglesa “Lord” no signifique etimológicamente otra cosa sino “Guardián de la Rebanada” (loaf ward, hlafweard…).

En nuestra tradición religiosa, desde hace dos mil años, el pan es sagrado, y despreciarlo ha sido  siempre un acto sacrílego. Por eso hasta no hace mucho, en los hogares, cuando caía un trozo de pan al suelo, se recogía amorosamente y se besaba.

En toda la cuenca mediterránea se celebran fiestas en honor del grano, esa bendición que nos trae la Madre arquetípica, ya se llame Demeter, Ceres o la Virgen de los Desamparados. En la noche de bodas de las parejas sefarditas, los invitados arrojaban granos de trigo sobre el lecho nupcial (tradición que ha mutado en el lanzamiento del arroz sobre los novios en la puerta de la iglesia). Quizá no sea casualidad que la tradición judeocristiana nos hable de Belén como lugar de nacimiento de Cristo, porque Belén, enclave histórico de hornos panificadores, significa precisamente ciudad del pan (de bet, que es casa y lehem que significa pan, y es también el nombre del dios cananeo de la fertilidad, Lehem). También por sus tahonas era conocida Uruk, la primera ciudad de la que tenemos noticia, fundada hace 5000 años quizá en torno a algunos silos de cereal. No hay nada como el pan que ocupe un lugar tan axial en los grandes ritos y mitos de la religión cristiana y cuya concesión se ruega a Dios a diario.

El millón de personas suplicando por el pan en Sudán y las 300 personas pisoteando furiosamente los panini para los sin techo en Roma, son noticias cargadas de un contenido trascendental, mucho más allá de esas tontas o/y escandalosas cuitas y querellas entre próceres y prebostes, con las que nos agobian los medios en estos tiempos, y que constituyen tristemente, el verdadero pan nuestro de cada día.