Hoy, 28 de Abril, gran jornada electoral, se diría que se votarán colores, más bien que ideas o programas, a juzgar por la fortísima asociación de los diferentes matices cromáticos con cada formación política.

Esto es así hasta el punto que es ya frecuente en los medios recurrir a la metonimia y se hace normal que los periodistas llamen a tal partido “los naranjas” o a cual otro los “morados”.

Es una metonimia que, obviamente, también campa desde siempre en el mundo deportivo: los blancos, los azulgranas, los colchoneros, los rojillos, los amarillos… 

La identificación por colores entre diferentes entidades o grupos sociales en competencia es tan antigua como la Humanidad. 

En Bizancio, por ejemplo, existían dos grandes partidos, los verdes y los azules. Los dos irreconciliables bandos lo mismo se enfrentaban en las gradas del hipódromo que en las revueltas callejeras, como la colosal que se organizó contra Justiniano, la “rebelión Nika“, verdadero antecedente de todas las rebeliones urbanas que hemos conocido y donde el rojo de la sangre acabó por igualar las banderas verdes y azules. Como siempre ocurre.

Competencia cromática parecida a la de Bizancio la encontramos en las ciudades españolas que celebran la Semana Santa. Me parece que su epítome podría ser la rivalidad cromática del Paso Blanco y el Paso Azul, en Lorca.

Por cierto que, desde hace siglos, se ha usado el recurso del color para distinguir fuerzas enfrentadas en el seno de la Iglesia. Cuando los monjes de Citeaux quisieron arrebatar la hegemonía a los de Cluny, examinaron en detalle la Regla de San Benito y concluyeron que nada les impedía usar un color distinto al de los primeros benedictinos, a los que aspiraban a superar. Así surgió la disputa entre los monjes negros de toda la vida–los blackfriars, los fréres noirs, los frati neri-y los innovadores monjes blancos del austero Cister.

Cuando los díscolos caballeros teutónicos diseñaron una variante de la capa templaria, con la única diferencia de la cruz paté incorporada (esa cruz prusiana que nos evoca tanto horror militarista) el Gran Maestre del Temple se trasladó a Roma de inmediato para expresar al Pontífice su indignación por la violación del copyright…

De todos es sabido que en la Revolución Rusa pugnaban los “blancos” contra los “rojos”, siendo este último color, posiblemente, un eco de aquel pañuelo que solía vestir Garibaldi en sus campañas y el de las banderas que flamearon en las calles de París en 1848 y en 1870.

Nuestra triste Guerra Civil se puede resumir como una riña a palos goyesca entre rojos y azules…y podríamos añadir que con la estrella invitada de los negros, es decir, de los anarquistas.

Y ahora, en el agotador eco mediático de esta campaña electoral, todo es una ensalada de colores. Están los rojos y azules de siempre, junto con los recientes morados y naranja (generalmente favorecido este último color por la renqueante democracia cristiana europea). Se ha añadido esta vez el verde, que se va abriendo camino como identificador de la ultraderecha, siguiendo el ejemplo de la temible y falaz Liga Norte (boucone de lombardo, decía Rabelais para referirse al veneno)…

Y ahora además, por estos pagos, al fondo siempre, el amarillo que simboliza esa hipóstasis que se denomina “derecho a decidir” (decidir que no decida la mayoría, entiéndase). El mismo amarillo que se popularizó en la escena política de la Inglaterra victoriana, si bien en ese tono desvaído que los ingleses llaman buff, y que se convirtió en identificador de los whigs frente a los azules tories.

¿Cuál puede ser la razón de este eterno recurso al color en las disputas esencialmente tribales del ser humano?

Pues ha de ser pura economía mental. A las personas en general les da fatiga entender la diferencia entre dos planteamientos teológicos, o entre dos ideologías, o entre los programas de dos partidos…

En cambio, es tan fácil distinguir un color de otro… 

El color es la herramienta universal de simplificación.

Pero es que la simplificación es a su vez la herramienta universal para manipular al personal.

Ya se trate de política, de religión, de operadores de telefonía móvil, o de fútbol.

Decidme un partido que no use colores.

Y acaso le votaré.

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