Tommasso di Celano, en su segunda biografía de San Francisco, nos dice que cierto día se acercó al de Asís la madre de dos de los frailes que le acompañaban por entonces. 

La anciana, mostrando vivo dolor, suplicó limosna. 

¿Qué le podemos dar a esta nuestra madre?” preguntó Francisco, que llamaba madre la madre de cualquiera de sus seguidores. 

Todos miraron alrededor en compungido silencio.

Finalmente le respondió el hermano Pedro:

Pues, ya lo ves Francisco, no hay nada por aquí que podamos darle”. 

¿Nada de nada? Insistió Francisco.

Nada. Tan solo el evangelio que nos sirve la para la lectura de la mañana, ya que no tenemos siquiera un breviario.

¡Estupendo!-exclamó el mínimo y dulce Francisco–¡démosle entonces ese evangelio y que lo venda según su necesidad. Sin duda al Señor le será más grato que el libro lo usemos para hacer caridad que para hacer lectura…

Le he contado a Marta este pequeño pasaje de la Vita Seconda. Ella me había preguntado por el significado de la elección de nombre de Bergoglio. 

Pero también le he dicho que las dos biografías de Tommasso da Celano fueron proscritas por la autoridad franciscana, una vez la orden ya se había convertido en una pujante organización.

San Buenaventura de Bagnoregio, el general de los franciscanos durante la segunda mitad del XIII, escribió por su cuenta una tercera biografía.

Y seguidamente ordenó a sus frailes quemar todas las anteriores.

Tenían demasiados pasajes parecidos al que acabo de relatar.

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