Días de dicha en la profundidad de los valles cántabros. 

Mañanas de prados, tardes de bosques, noches de amistad y leyendas. 

Pero, ay, no nos visitaron, en el mágico plenilunio del viernes al sábado, las brujas vascas. Y eso que las esperábamos. Y eso que no estábamos muy lejos de sus míticas cuevas. Y eso que era, bien lo sabe el diablo, el momento más propicio para citarlas, pues es fenómeno inusual ver la luna llena justo cuando llega la madrugada del sabbath pascual…

No vinieron las sorginas. No.

Y nadie ha sabido explicar, por cierto, por qué a las brujas les llamaban sorginas aquellos antiguos euskaldunes, tan peritos en magas. 

Yo, en cambio, lo veo claro. Vinculo el nombre al sorgo, esa planta de cuyos tallos se hacen las escobas, que es el utensilio brujeril por excelencia.

La escoba de ramos de sorgo resultaba vehículo indispensable para el vuelo de las nigrománticas. Era además la brotxa apropiada para embadurnarse de psicodélicos, en innombrables lugares. Y era también arma eficaz cuando las maléficas habían de defenderse–en las praderas de algún macho cabrío–frente a los hinojazos de los benandanti, que siempre fueron sus némesis implacables, y a los que por haber nacido envueltos en sus placentas, el buen dios otorgó el don de ser hábiles espantadores de tormentas, así como protectores del vino amenazado por la perfidia brujeril, culpable de arruinarlo con inmundicias.

Creo que a esos benandanti, que sin duda velaron a conciencia por los caldos que hemos ido trasegando a conciencia estos días, se les ha echado mucho de menos esta Semana Santa, en más meridionales latitudes. No han querido acudir allí donde, se ha sufrido, otra vez, la dichosa gota fría pascual. 

Mientras esa gota, cruel como el Abril de T.S. Elliott, castigaba en levante, sin benandanti que la atenuaran, nosotros, allá arriba, no lejos de las altas cumbres que, por ser las primeras que divisaban los navegantes fenicios costeando, después de doblar Ortegal, fueron llamadas rupes europeae, gozábamos felices del esplendor primaveral. 

Así de injusto y mal distribuido es el mundo. 

Quizá por eso se enrabietaban las brujas.

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