Cada campaña electoral viene a ser una apoteósis de la mezquindad. Las formaciones políticas dedican mucho más tiempo a marcar diferencias unas con otras que a proyectar esperanza sobre una ciudadanía exhausta y desorientada de tanta querella tonta entre siglas. 

Esto me recuerda, salvando las distancias, lo que criticaba Erasmo en su Elogio de la Estupidez.

Se quejaba el sabio holandés de que en el seno de la Iglesia romana todo eran torpes cuitas en el laberinto de las diversas ordenes religiosas.

Pugnaban entre ellas, nos dice Erasmo, solo por no parecer iguales entre sí, y no por imitar todas a Cristo, que es justo lo que de ellas se debía esperar: 

“Nec ilud studio est, ut Christo similes sint, sed ut inter se dissimiles”

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