Estoy leyendo Tomorrow’s Child, uno de los espléndidos relatos cortos de ciencia ficción de Ray Bradbury. Está escrito en 1948 y nos cuenta, entre otras cosas, cómo sería un parto en los albores del siglo XXI. O sea, ahora.

Los padres acudirían al hospital en su helicóptero, porque en realidad, todo el mundo tendría estupendos utilitarios voladores. Al llegar al centro médico, la madre sería cómodamente instalada por los doctores en una avanzada máquina de dar a luz. Esa máquina haría posible el nacimiento del bebé sin que la madre se diese cuenta, pues permanecería dormida durante horas mientras el ingenio hacía su trabajo. Durante ese tiempo, el padre permanecería en la sala de espera fumando-sí, en el hospital-un cigarrillo tras otro, y sin saber (curiosamente) si el bebé que venía era niño o niña.

Esta visión del parto en el futuro confirma que tanto el pasado como el porvenir los vemos a través del presente, y condicionados por el presente. En 1948, se vivía la gran eclosión del transporte aéreo, tras los increibles desarrollos de la aviación durante la Segunda Guerra Mundial. También era un momento de renovada fe en las máquinas, en las que se confiaba ciegamente de cara a eliminar el dolor y las penalidades de la vida. Y, por cierto, también era un momento en el que las grandes compañías tabacaleras crecían hacia el gigantismo, sin que nadie atisbase que apenas medio siglo después sería casi un crimen encender un cigarrillo en un hospital.

Sin embargo, Bradbury, al imaginar el parto en el siglo XXI no tuvo la menor intuición respecto a algo tan obvio como la ecografía. Tampoco imaginó la gestación asistida o in vitro. No contempló la proscripción del tabaco. Y desde luego, ni se le ocurrió la posibilidad de una red de comunicaciones como internet, que cambiaría la vida en el siglo XXI de forma más radical que cualquier otro avance.

El futuro que contemplamos, al igual que el pasado que creemos conocer, son solo un subproducto del presente en el que vivimos. Una derivada de nuestras actuales ansiedades y aspiraciones. Solo en algún punto conseguimos entrever con precisión lo que ocurrió o lo que va a ocurrir…

Solo a veces, ese punto en el que se consigue acertar resulta ser el más importante.

Por ejemplo, en esta narración que leía anoche, Bradbury cuenta que la máquina de partos funciona en una ocasión incorrectamente y hace que la madre de a luz a un mutante…

En esto, sí, es verdad que vemos en acción el talento del visionario que intuye el uso indebido e inesperado de la tecnología y el riesgo de que el maquinismo incontrolado se convierta en una amenaza para el ser humano.

Bradbury estaba en lo cierto viendo el futuro como un parto. Comprendía sabiamente que nunca tenemos certezas sobre cómo será el hijo del mañana.

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