Una buena amiga, en un contexto que no viene al caso, me dice que tengo una gran nariz. Creo que quiere decir con ello algo así como que tengo intuición, que las veo venir…

No se. Pero lo que me interesa a mí es esa expresión con la que ella hace referencia a la nariz–al olfato supongo– como metáfora de la habilidad para detectar lo que no siempre es evidente.

Esta vinculación entre la nariz y la intuición existe en casi todos los idiomas. Los ingleses dicen, “to have a sharp noise for business”. Los franceses recurren al modismo “a vue de nez” para indicar que algo se percibe mediante la intuición. Los italianos, por su parte, usan habitualmente la expresión “avere un buon naso”, con el mismo sentido.

¿Cuál puede ser la razón de esta hegemonía sensorial de la nariz en lo relativo a la intución, que en realidad etimológicamente nos remite a la vista (intus videre) más que al olfato?

Yo creo que hay tres razones al menos.

La primera es que la nariz nos permite percibir lo que no es visible. Y eso ya es mucho.

La segunda es que la nariz no engaña jamás. No existe algo así como las “ilusiones ópticas” para el sentido del olfato. Si olemos algo, es que existe ese algo. No hay vuelta de hoja. 

Y la tercera es que la nariz impone su criterio. Si algo apesta, apesta. No lo podemos vestir o presentar de algún artificioso modo para que nos resulte más gustoso. Y si algo es fragante, es fragante. No habrá forma de denigrarlo para que lo odiemos.

No hay espejismos para el olfato.

Es por tanto una de las pocas cosas de las que podemos fiarnos de verdad en estos tiempos.

Tiempos que demandan mucho olfato.

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